Caluga#37: 100 Miles 500 Miles

Caluga#37 One hundred miles, five hundred

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If you missed the train I’m on
You will know that I am gone
You can hear the whistle blow a hundred miles

Peter, Paul and Mary

¡Gracias mi vida!

¡Linda semana! De lunes a viernes yendo de la casa al trabajo, del trabajo a la casa …y, para no ver de reojo la vida que pasa, como dice la bella canción, me consolé pensando y esperando el fin de semana para ir a ver a la perla. “Perfeto”.

Todo bien. Magnífico. Sumando y sumando, veamos: Setenta kilómetros, cinco días; cinco por siete, treinta y cinco: trescientos cincuenta kilómetros, el péndulo normal a la pega.

Ahora agreguémosle este otro poco, para que nos vayamos entendiendo: 600 humildes kilometritos desde este llano hasta tu pampa, mi reina. Ida y vuelta, o sea, dos por sesenta, ciento veinte, y ahí está: Mil doscientos, mil doscientos kilómetros. “Qué le hace el agua al pesca’o.”

Entonces tenemos, mil doscientos más trescientos cincuenta. Da: Mil Quinientos Cincuenta.

Escúchame bien: Mil-qui-nien-tos cin-cuen-ta – los kilómetros que viajé, escúchame bien de nuevo por el amor de dios, la cifra: Mil quinientos cincuenta kilómetros, los que pasé, zangoloteándome en algún tipo de vehículo motorizado en UNA SOLA semana.

De esos mil quinientos cincuenta kilómetros que recorrí la semana pasada, fueron mil doscientos, en línea transversal por esta patria ni tuya ni mía, los kilómetros que te dediqué a ti exclusivamente mi cielo, cucurrucucú paloma, mil doscientos kilómetros de yapa, de puras ganas atropellando las ganas y aplastando la salud, y en reversa repasando la inteligencia.

Mil quinientos cincuenta kilómetros traducidos en el cabeceo del subir y bajar de la conciencia: La montaña rusa de modorras a la que se trepa, cuando uno emprende un viaje largo sin ser el chofer, entregado, a bandazos sobre sueños tristes, hambres, nostalgias y malos aires de desconocidos, sobre nebulosos, ajenos caminos.

Mil quinientos cincuenta kilómetros, sólo para llegar a verte hacerme caritas desde lejos, entre 11 de la noche y dos y media de la mañana. Mil quinientos cincuenta kilómetros, para ir a verte trabajar en un bar, para observarte con lánguida mirada atender, con cara de mina seria detrás de un mesón, para, siguiéndote con la mirada, verte un poco más allá, a las risitas y a los topones con el círculo de calientes internacionales que te hacía ruedo, y seguía con labios de ventosa, con los ojos achinados, tu chúcara coreografía por todo el tugurio.

Grande Dame
a las risitas

Mil quinientos cincuenta kilómetros, para tomar, aburrido, al mesón de tu boliche, cuatro cervezas y dos tequilas, que tuve que pagar por mi cuenta, más un kahlúa y un tercer menjunje que generosamente me serviste, Grande Dame, vaca desgraciada, porque ni un trago decente te atreviste a cargar a la cuenta del bacán, ése salsero de mierda de tu jefe, al que tampoco te atreviste a decir que NO y No no más por el cambio de turno intempestivo. Siendo que, ¡Puta que me habría venido bien un daiquiri!, el mismo que por orgullo no quise pagar yo mismo, un daiquiri, o mejor, ¡varios!, para pasar el destape de la rabia acumulada en los riñones durante 7 horas de viaje, para llegar disfrutar de tus dos octavos de atención, de una música tropical de tarro en dosis triple de la diaria recomendada, y de conversaciones oblicuas con curagüillas bilingües en rotativa; eternidades rematadas camino a tu casa a las tres de la mañana, con un che-qué-dolor-de-cabeza, en medio de la noche triste de esa provincia nazi donde se te ocurrió ir a morir; si te he visto no me acuerdo, Sherazade al revés, genia charrúa.

Caluga#37 “One hundred miles, five hundred” en Calugas textuales.

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