Caluga#22 Suite del extranjero

Caluga#22 Suite del extranjero

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“Una biajero
entrar el habitazión
venir del sala de baña
se sentar en un silla brecioso
frente al esbejo …”
Nicanor Parra, “Canto del forastero” (Otros Poemas, 1950-1968)

¿Y esto? ¿Dónde es esto? Esta esquina es la misma pero no es igual. O es igual pero no es la misma. Y hay mucha más gente, y la gente que hay es mucho más rara. El paisaje parece que oscilara, se nota en los contornos de los edificios …ahora reconozco la calle, claro; cuántas veces no habré tambaleado cerca de esta misma esquina en las madrugadas silenciosas de una ciudad sin vida nocturna, sosteniendo a alguno, que, con una mano apoyada en una vieja pared de este arrabal, y la otra sobre el estómago, todavía doblado, trataba de reírse después del vómito. Es difícil reírse después de vomitar. Pero lo hacíamos, como dulces Lazarillos-de-Tormes, que no pueden dejar de reírse de la anécdota, si está bien contada, de cuando les botaron los dientes.

Abracé a Juan Carlos hace un rato. ¿Abracé a Juan Carlos hace un rato? Esta calle … la conozco, aquí es donde antes vendían ropa usada; está nublado, una camioneta amarilla pasa frente a un vendedor ambulante, encandila esa luz estival borrosa y dan ganas de entrecerrar los ojos. Pero si ya los tengo casi cerrados. Fines de septiembre. Entro, como un holograma apenas transmitido, a la habitación del hospital, una cama deshecha, está vacía. Las paredes se acercan; hay otro paciente, me hace un gesto, Juan Carlos está en el baño. Aquí yo he estado otras veces. ¿No es Santos Dumont? Sí, es Santos Dumont. No, no puede ser, el hospital está en Santos Dumont. Aparece, con paso vacilante, sonriente, está con barba, menos delgado de lo que yo esperaba, lleva una sonda. Esta calle no puede ser Santos Dumont, pero sale también a Independencia. Estas calles antes eran de turcos, con sus negocios de textiles, de plásticos colorinches, de artículos de goma. Y ahí ya voy, caminando con mi papá de nuevo, las turcas fumando delante de sus tiendas, las que piensan que mi papá es de la colonia y lo saludan, le dicen uasté, y girando, llego al patio del liceo, me preguntan “eres de los Yavar” – no, mira, yo de turco tengo la pura cara. Reverberan los ecos de la misma pregunta; de quién son estas calles, qué calle es ésta, de quién es ahora, de coreanos, quizás, no, fue. Da lo mismo. Estas calles son de otros. De todo el mundo Juanca, no son las calles nuestras.

Todo tiene un parecido extraño con la realidad, es como si mirara mis estantes pero desconociera los libros, como si abriera mis cajones buscando mis cosas –mis anteojos de sol, mis lápices, mi goma de borrar, ese condorito de plástico que me regalaste, antihistamínicos, unas entradas-reliquia para un concierto de “Los Prisioneros”–, y hallara en su lugar, un anillo grueso de oro con una piedra negra, calcetines de dibujo, un naipe español, láminas de “Star Wars”, un butterfly, condones negros, un revólver. En esta calle donde antes vendían de todo, está casi igual, venden más de todo: Expuestas las chucherías en el suelo, sobre esteras de tela con tiras en las esquinas, diseñadas para agarrar y salir corriendo. Es la misma calle, pero ahora llena de otros y de cosas de otros.

Aquí ahora se venden choclos de distintos colores, morado y blanco, mazorcas con dientes disímiles, como diademas, frutas rarísimas, hasta chocantes, cebolla morada, camote, rocoto, ajíes de todos tamaños, la Vega en esteroides globales. ¡Es la Vega! ¡Es la Vega de Santiago! No sé cómo llegué aquí, pero sé que esto es la Vega Central. Claro, el hospital está en Santos Dumont, ahí abracé a Juan Carlos, y fue como abrazar un pilar de humo; después debo haber salido, cantervileando, hasta Independencia, y de ahí caramboleando, pasé por Maruri –la de los crepúsculos– en algún momento debo haber dado la vuelta del perro hasta Patronato … ¿Cómo salí de nuevo a Independencia? … ¿O me vine por Avenida La Paz, la del cementerio?

choclo de distintos colores
choclo de distintos colores

Bueno, no sé cómo vine a dar en la Vega, ni me acuerdo de cómo salí de esa habitación, después del último abrazo, ni cómo me alejé del entorno del hospital. Como ya dije, estos días medio abochornados desenfocan un poco los paisajes. Se necesita usar anteojos negros, tomar la opción de ver menos, para que no llegue tanto rayo ultravioleta a enceguecer con ese brillo difuminado, anunciando lo que se nos viene. Mejor ver menos de esta luz que aturde, que parece zumbar sobre los contornos de las cosas. Estoy en la Vega de Santiago.


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