Caluga#37 Diego

Diego (el negro)

Hola, el guatón me ubicó y me contó que estabas de vuelta y que habías llegado como quique, textual, pateando la perra, y sacando a todos al baile; y no me costó mucho imaginármelo. Yo te iba a llamar, por lo del accidente de Marquito, y en general, por el tiempo que ha pasado además, desde que te esfumaste sin decir ni pío.

Yo he estado también medio alejado de las cúpulas de poder, y también en parte por una mujer, tú por no tener que verla, yo por querer verla más: tengo una compañera desde ese tiempo más o menos. Me acompañó un par de veces, se asomó a la dinámica y dijo después: “anda solo mejor a ver a tus amigos”. ¿Da qué pensar no? ¿No seremos un poco cerrados? En todo caso, tiene (tenemos) niños -de su primer matrimonio- y eso cambia un montón la situación.

Me la pienso dos veces antes de contarte a tí y al Carlanga este tipo de cosas en todo caso. Yo todavía estoy medio abollado desde los tiempos de la universidad, donde me agarraban tanto para el güeveo casi por todo. En ese tiempo yo terminé con piel de chancho, incluso me las arreglaba para contraatacar, pero ahora ya he perdido el ritmo. Pero es que tú y el Carlanga eran cosa seria. Divertido sí era el parcito, un verdadero dúo cómico, y aunque se estuvieran riendo de mí casi siempre sin pausa ni piedad, a veces no había forma de no hacerle honor a las tallas, quiero decir, costaba mantener la cara de indignación y, aunque fuera yo la víctima, tenía que luchar para que no se me sonriera la máscara. Todavía me acuerdo y me río solo de algunas cosas: Me parece verte a vos y al Carlanga, haciendo una coreografía basada en el pase de baile entre travolta y bruce lee que yo había inventado para impresionar a las “féminas”, en una de las primeras fiestas del primer año. Un break de palo de escoba, que para lo único que sirvió, fue para dar con uno de los parlantes en el suelo a las dos de la mañana, cuando la fiesta estaba en lo mejor.

Y después del percance, una semana aguantando cómo tú y el Carlanga contaban la historia a quien viniera, y siempre adornándola con algún detalle nuevo.
“Puta que la cagaste Vergara por la chucha, como podís ser tan güevón” -decía el Carlanga, y tú detrás como con espasmos, unos peores que los de John Hurt cuando se le asomó el bicho, seguidos de unos saltitos y un juego de brazos, caricaturizando mi sexy baile y después pidiendo con una boquita aflautada, perdón por haberlas dejado sin música. Y de la teatralización de mis disculpas de joven parsimonioso le sacaron otra arista a la payasada, y la burla también era ahora por ser tan karateca y a la vez tan caballero y por decir “fémina”, que según tú, era palabra de viejo degenerado –en eso tenías razón creo–. Da igual, de eso también hicieron un sketch. Hay cosas que quedan y siguen dando vergüenza de por vida.

Así terminaban al principio las historias, porque después de un tiempo de “entrenamiento en los bares de Singapur” (como ustedes llamaban al trato con Rojitas & Carlanga), empecé a conocerles las yayitas, y empecé a aprender a demostrar el cariño y la confianza por medio de la burla sin contemplaciones, y por un buen tiempo nos íbamos dando barraca por turno en cada encuentro y terminábamos llorando de la risa.

Como ves, mis preámbulos no se han acortado, ya te veo resoplar de angustia. Decía que había estado a punto de llamar y tratar de ponerme en contacto contigo por lo de Marco, pero al final no pude. En parte debido a mi nueva vida. Y a veces el posponer se vuelve hábito. ¿Cómo le llaman ahora? Pro-algo. Pospuse y pospuse, al final por flojera también. O en una de ésas, además por miedo a haber perdido en estos años mi entrenamiento en los bares de Singapur y no poder sostener el ritmo de una comunicación basada en el chiste y el boquillazo. Quizás la explicación sea más trivial y más dura; no pude contactarte debido al simple derivar que ocurre inexorablemente entre los amigos al pasar el tiempo: ¿O ves tú todos los días grupos de viejujos matándose de la risa en los bares o en calle? O tal vez la amistad no fue tan buena como creíamos. Eso también puede ser.

Yo ví a Marco dos veces poco antes del accidente.

Todos hablamos de accidente, siendo que lo que sabemos todos es que Marquito se suicidó. Tu mismo no estarías en este predicamento de leerle la cartilla a todo el mundo, si no pensaras exactamente eso, que él eligió esa salida, y dejó hasta al señor Corales anunciarla. Y eso le quita el carácter de accidente ¿o no?. Cómo no mencionar lo anunciado del asunto, si ha sido desde esa vez en Pichidangui la espada de Pericles que cuelga sobre todas nuestras cabezas.

Yo sé que no se ubicaron testigos de nada, y que la explicación de los pacos fue que se quedó dormido en la calle y por eso el chofer no lo vió cuando movió la máquina esa madrugada. Estas son especulaciones, porque cuando encontraron el cuerpo nadie sabía la causa de la muerte, recién en la morgue al desvestirlo vieron las marcas, constataron las lesiones internas, y concluyeron que le había pasado un camión por encima. Los pulmones estaban reventados, toda la caja toráxica en realidad hecha bolsa.
No es tan tirado de las mechas pensar que este haya sido un accidente a medias. Es lo que yo creo. Una ruleta rusa que él decidió jugar durmiéndose debajo de un camión.

Yo lo vi dos veces, como te dije, antes del accidente y lo vi mal. Incluso me puse en contacto con la Rebe me acuerdo y estuvimos conversando, pero ella me contó que estaban peleados, y me dio a entender que no tenía la energía para hablar de Marco. La primera vez se apareció por el colegio donde yo trabajaba en ese tiempo, en un estado delirante. Tenía una pinta como de no haber dormido en cama en varios días, bien vestido pero lleno de manchas, fumaba sin parar. Le dije que no podía atenderlo en el colegio, y los colegas de ese infierno opus dei, que ya me miraban como pájaro raro, se sintieron confirmados. Como pude, lo medio convencí de que me fuera a ver a la casa mejor, y al final me dijo que bueno, pero se veía despistado, a veces como indignado, a veces se reía sin motivo. Y así se fue, medio serio medio a las risitas cortas, y diciendo “ya güeón, listo güeón, ya amigo, listo amigo, nos vemos amigo”, y en el tambaleo casi se cae al tratar de tirar una patada como de karateca, hacia atrás.

A los dos días me lo encontré en la cocina, tomándose un café, con mi pareja, que al verme entrar me miró como diciendo “haz al-go” y se disculpó para salir.
Marquito estaba más coherente pero más sucio y traía una maleta de cuero sintético y una mochila grandota. Me dijo que se iba para el sur, pero que necesitaba quedarse dos noches hasta que se comunicara con un amigo de la jota, que no veía hace tiempo, pero que le debía una plata.
No sé si convenga mucho decirte esto ahora, pero como sé que eres amigo de las franquezas a plomo, te contaré que te mencionaba a cada rato. Que el Rojas esto, que el Rojas esto otro. Y a la Magdalena por supuesto, la subía y la bajaba, que la puta reculiá, que la vaca desgraciá. Decía que tu también te habías ido para el sur, que él era el único que entendía por qué, que allá se iban a poner en contacto. Dijo que él sabía que tú también estabas al tanto de que en el sur de Chile es donde va a ocurrir el gran acontecimiento del siglo, y que acá en la zona central va venir el chirriar de dientes, la gran grita. Esto lo dijo varias veces, el chirriar de dientes, la gran grita. Y que hay que moverse al sur, a los bosques de Chile, a la selva valdiviana, caminar las praderas quemadas de Chile. Dijo que para allá van hasta las cordilleras de Chile. Mezclaba el café con chorros de vino tinto. Sacaba una botella de tres tiritones que tenía metida en un bolsillo lateral de la mochila, y después la guardaba ahí de nuevo, super concentrado. También ví que guardaba ahí su pasaporte alemán y una tremenda quisca.

Y me preguntó también varias veces (todo lo que dijo lo dijo varias veces) si éramos primos de verdad. Es para la risa que una historia dure tanto tiempo, ni siquiera una historia, un rumor, un balbuceo de volados. Esa historia la contamos en Pichidangui esa noche fatídica ¿te acuerdas? Si mal no recuerdo mi mamá y la tía Paty, tu mamá se habían encontrado hacía poco en el funeral de una tía común, y de ahí venía la historia del parentesco, que no era de verdad, porque mi mamá sólo le decía tía a la señora, como yo le digo hasta el día de hoy, tía Paty a tu mamá.

Marco habló también con harto cariño, aparte de ti, de una tal Mariana, que parece que yo no alcancé a conocer. Cuando me recalcaba que necesitaba sólo dos noches de asilo, dijo que después se iba a quedar unos días donde esta Mariana.
Yo le pregunté si esta Mariana también sabía lo del große Heulen & Zähneknirschen en Santiago, y me puso una cara, una cara, ésa que creo que sólo tú y yo conocemos, rojitas, sí, a veces sí me alegro de poder hablar contigo. ¿Te acuerdas cuando lo tratábamos de tranquilizar esa noche para que no se nos arrancara, y en el no hallar qué hacer, se nos ocurrió contarle historias de miedo para que no se atreviera a salir de noche a la playa? Bueno, esa cara, esa que a nosotros nos dio miedo de vuelta, esa expresión de incredulidad y de desamparo, pero acompañada de un remedo de sonrisa, que más bien era un pelar de dientes, esa fue la cara que me puso cuando le dije en alemán, sin darme cuenta, lo del chirriar de dientes y la gran grita.

A estas alturas de la carta cabrito, como que ya siento una especie de agradecimiento de poder contarle esto a alguien con alguna esperanza de comprensión.
Yo tuve que decirle a Marquito que se fuera, porque a los 3 días no se quería mover todavía, inventaba retrasos, y no dejaba un momento de pausa para nadie, se rascaba todo el tiempo, fumaba constantemente dentro de la casa y no paraba de tomar vino tinto, y andaba dejando vasos y colillas en todos lados, nosotros no podíamos dormir, los niños estaban cada vez más llorones, y al final fue mucha la presión para mi familia, yo recién estaba empezando en ese colegio.

Le tuve que decir que se fuera.
Y todavía lo veo sentado al lado de sus bultos, en la calle, yo mirando por la ventana desde el segundo piso. Así lo ví la última vez Rojitas perdóname. Un caballero pasó a su lado y seguro que le preguntó algo, y Marquito se paró como un resorte a ayudarle, lo veo todavía en su largo y ancho, encorvado al lado del jubilado, tratando de mantener su cigarrillo lejos del rostro del señor, a la vez que trataba de descifrar el papelito que le mostraba, seguro con una dirección. Y después de una breve pausa, lo veo gesticulando para darle las indicaciones, completamente entregado en eso de ayudar. El caballero le agradeció con muchas reverencias y él también se despidió muy amable. Después se quedó mirándolo alejarse, asegurándose que iba siguiendo las indicaciones, dando piteadas de estibador al pucho que todavía quedaba. Después lo ví un rato ensimismado revisando sus documentos. Cuando me volví a asomar a la ventana ya no estaba.

 

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