Caluga#41 Alfonso I

Los versitos que te mandé seguro no son mucho, tú sabes que soy el menos caído a la escritura del grupo, y a lo mejor el más callado, aparte del ruido que siempre he hecho con la guitarra.

Pero te quería escribir más de todas maneras, o por lo menos, hacerle empeño.

Los versos esos, son lo que los mexicanos llaman calaveritas, versos endecasílabos que se escriben en noviembre para el día de los muertos, lo que allá se tiene por gran cosa.

Me cuesta escribir, pero para letras de canciones todavía tengo cabeza. Todo el mundo le echa la culpa a la yerba, pero no es cierto. Dejando las letras de canciones aparte,  siempre fui malazo para la cosa literaria, en la escuela y en el liceo, en castellano andaba siempre al tres y al cuatro. La gramática me daba un sueeeeño. Una vez, cuando más chico, mi papá me revisó los cuadernos y descubrió que yo tenía un cuaderno de “dramática”, que era, seguro, lo que yo entendía cuando oía la palabra. Me pegó un coscacho y le mostró el cuaderno a toda la familia, muerto de la risa, y se rió de la historia hasta mi abuelita, que después me recibía para el almuerzo con un gesto “dramático” para preguntarme cómo había estado la clase de “dramática”“¿O es muy tonto lo que estoy diciendo?” No sé.

Ah, estaba en esto de contarte lo de los versos (con lo de las clases de dramática, me perdí) … Eso, lo que te iba a decir es, en lo que sí me iba bien en el colegio era en las canciones y las cosas en verso: “El mío cid Roy Diaz por Burgos entrove / en sue compaña sessaenta pendones / Exien lo ver mugieres e varones / plorando de los ojos, tanto avién el dolor …“  De ahí me aprendí varias partes de memoria.

Pero de esa noche de espiritismo de la que se habla –según me contó Carlanga cuando vino a verme y a decirme que estabas de vuelta–, para serte franco, no me acuerdo de casi nada. Es decir, me acuerdo de la noche en que Marquito tuvo una especie de crisis, le dio un bajón bien fuerte y quería irse a la playa, y no lo queríamos dejar, por miedo a que se metiera al agua y después no pudiera salir. Pero de espíritus y OUIJAS, nada. Ni de la ventana que se abrió sola. Pero esto no quiere decir nada la verdad, digo, el hecho de que yo no me acuerde.

La gente siempre se enoja conmigo porque no me acuerdo de cosas que al parecer hice o dije. A veces cosas que hice o dije con mucha vehemencia. Cuando le comenté también el otro día al guatón que yo no sabía de espíritus, ni de OUIJAS ni de nada, él para demostrarme que yo, no sólo a veces me olvido de cosas, sino que olvido historias en las que he sido protagonista –lo que es más grave–, se puso a refrescarme aquella la noche en Valparaíso cuando salimos a azotar el litoral central como los malos de la naranja mecánica.

Dice Carlanga que esa vez nos juntamos en Horcón, con la onda de acompañar a la Ana María, que estaba cuidando la casa de unos tíos. Salimos una noche él, tú, la Anita María y yo a recorrer con las “Litoral Central” de Horcón para abajo.

Salimos con dos botellas de pisco y por supuesto en cada parada nos íbamos poniendo más enloquecidos; de la última micro nos bajaron, el chofer sacó el legendario fierro de debajo del asiento y todo. La cosa es que cuando llegamos a Valparaíso era tarde ya, estábamos super cruzados, y a alguien se le ocurrió ir a molestar a un amigo que estudiaba Periodismo en el puerto. Y como te puedes imaginar llegamos delirantes, estridentes, riéndonos sin causa –nos habíamos pintado los ojos en uno de los buses–, al departamento donde vivía este Albin, que era amigo de no sé quién, y llegamos justo en medio de una fiesta de esas raras, de ésas con tema.

Dice Carlanga que cuando abrieron la puerta, se quedaron de una pieza y no nos dejaron entrar porque nadie nos conocía y se demoraron en encontrar a este Albin. Y cuando lo encontraron tampoco fue mejor la onda, porque el Albin nos quedó un segundo mirando y enseguida nos invitó a acompañarlo, dijo que justo iba saliendo –todo esto en la puerta–, nos dijo que lo esperáramos, que le habían encargado algo de la botillería, y fue a buscar una chaqueta, salió, y nos fuimos por ahí, paramos en una placita, compramos más pisco en el camino, alguna otra asquerosidad para no tomar el pisco solo, y seguimos fumando porros, al poco, ya a carcajadazos con el Albin. Amigo tuyo en ése tiempo o de la Ana María. Mío o de Carlanga no era, eso lo comentamos ya el otro día. Dice Carlanga que nunca se hubiera olvidado de un amigo llamado Albin. Y creo que yo tampoco … ¿o sí?

Al final cuando teníamos a este Albin ya jugando más o menos por el mismo equipo que nosotros, lo convencimos de ir de nuevo a güeviar a la fiesta, para puro molestar a esa nobleza hippie-punk-new wave.

Hasta se nos habían pegado dos loquitos de puerto en la plaza, se acercaron como los zombies, dice Carlanga; pero cómo habrán estado esos, que a ellos los echamos nosotros. Pa’ que veai como son las cosas.

Después de eso partimos entonces, me imagino que caminando como esos payasos que salen de una caja de sorpresas, echando chispitas y con la cara de el joker. De puntero izquierdo iba el Albin, que aullaba como quien se pone loquito por primera vez y gritaba “let’s trash the place”.
El Carlanga es un salvador, yo todavía sigo diciendo “let’s trash the place”, cuando me cabreo con algo, pero ya ni sabía de dónde había salido.

Todavía costó un buen rato que nos dejaran entrar al departamento, los que queríamos entrar estábamos girando a varias revoluciones más que los de la fiesta, y con botellas de pisco en la mano, con el rimmel corrido, y seguramente bastante más ordinarios y gritones que todo el resto.

En la puerta, los dos que abrieron, que parecían héroes del silencio, dice Carlanga, pararon hasta al Albin, que en ese momento había vuelto a aconcharse y lo único que decía, dice Carlanga, era: “si es mi casa güeón, si yo vivo aquí güevón”.
Finalmente los héroes llamaron a una mina que era algo del Albin, una que parecía una princesa enana, lindísima, pero como de un metro cincuenta, y vestida como de primera comunión. Después dejaron entrar al Albin que se fue a parlamentar con la enana. Al rato volvieron, y ahí recién, los héroes y otros matones y matonas de segunda fila nos dejaron entrar.

Yo, como te digo no me acordaba de nada, sólo cuando el Carlanga contó, se me fueron apareciendo algunos pantallazos, con cámara movida. Igual había luz negra puesta en todos lados y no se veía mucho, pero de lo que se veía, caras que apenas se dignaban a mirarnos, otras desafiantes, risitas irónicas. El departamento estaba lleno de intectualoides, tipos con pinta de medio-mediano-ligero, vestidos de cuero, muchas divas vestidas como del año 20, y en general todo el mundo muy especial.

El medio preámbulo. Es que me lo contó hace poco el Carlanga todo esto y estoy aprovechando de que todavía me acuerdo.  Carlanga decía, “yo, si hubiera sido del grupo de los de adentro,
no nos
dejo entrar”.

Lo que pasó después … mira, ni el Carlanga se acuerda qué pasó exactamente en la fiesta después que logramos entrar, eso que, como tu sabes, ese se acuerda hasta de la matrona que lo sacó, según él. Bueno si él tampoco se acuerda, eso me alivia un poco, no me siento el único desmemoriado.

Así como andábamos y cómo nos recibieron, esta conclusión la sacamos con el Carlanga –esa gente no estaba fumando pitos y tomando piscola solamente–, seguro que en algún momento habrán empezado los empujones, los codazos y todo lo demás.  

El hecho es que de repente estábamos tratando de separar a la Anita María de un grupo de mujeres que le querían pegar. La Ana María es de ésas, dice Carlanga,  que no para cuando la joden; gritaba, tiraba patadas. Al final nos fueron rodeando y empujando, con la enana de blanco a la vanguardia hecha una furia, todos los de la fiesta cercándonos hacia la puerta y nosotros retrocediendo y sujetando a la Ana María, o tratando de ponerla de pie, porque ella tiene, dice Carlanga, la estrategia de tirarse al suelo como último recurso.

Así, el siguiente pantallazo ofrecido por el Carlanga, que aquí ya recupera su memoria de alta precisión,  es de cuando estamos cerca de la bahía como a las tres de la mañana muertos de frío, con la Ana María en estado catatónico y con el Albin llorando y repitiendo “We were on the verge of a drastic emergency”. Y dice el Carlanga que cuando le pedimos traducción, la ofreció al tiro diciendo: “casi nos cagan los conchesumadres”, todo esto sin parar de lloriquear.

Toda esta media historia para llegar a lo que te quería contar … me fui en volada.

Dice Carlanga que una vez estando allí, todos pa’ la corneta, la Ana María con cara de viuda negra y con el Albin hecho un estropajo por la humillación y por la media chuleta que, mirando bien las cosas, le había dado la Carina –así se llamaba la enana blanca–, tú te tambaleaste hasta cerca de los botes y le gritaste a un goma si nos daba un paseíto por la bahía.

El del bote se acercó, dice Carlanga, como a reconocer terreno un poco y todos nos fuimos acercando al bote, y animando con la idea. El cabro del bote preguntó si teníamos pitos, y con eso ya se armó el paseo.

Dice Carlanga que había una noche de luna, y todos íbamos más bien callados surcando la aguas, en honor a la luna sobre el mar y sobre Valparaíso.

Un poco mar adentro dice Carlanga, que fui yo el que más habló con el ex-pescador, para subrayar el tema central de mi mala memoria. Y la verdad es que no acordarme de lo siguiente es lo que a mí me deja todavía estupefacto.

–“¿Cómo no te vai a acordar güeón oh?!”–me gritaba Carlanga el otro día– “¡si estuviste como media conversando con el del bote!”  Y agregaba que todos nos quedamos callados cuando me contó que antes trabajaba de buzo y de pescador, pero que ahora sólo daba paseos en el bote. Que ya no podía bajar, que le daba miedo. Y dice Carlanga que yo le pregunté por qué, y después de muchos silencios y misterios y muecas, y por mis insistencias, al final contó que era porque había visto cosas en el fondo de la bahía, cadáveres pegados a las rocas, al fondo de la bahía, amarrados con alambre a rieles. Contó que él se había enredado en los alambres y que en eso los vió, ahí en el fondo, sin ojos, hombres y mujeres, cuatro personas, dijo que él había sentido que lo querían agarrar con los alambres para que los viera, para que contara, para que los encontraran. Pero dijo que él salió como pudo del agua y que cuando volvió a su casa juró no volver a ponerse traje de buzo en la vida. Carlanga dice que me dijo que nunca le había contado nada a nadie –a su familia menos–, hasta ese momento.

Así yo recuperé, fíjate, al final, gracias al Carlanga, esa historia, y recordé ése momento en que todos nos quedamos mudos, en medio del mar, con la luna iluminando la superficie del agua. Y recordé que por algún motivo enigmático, me la habían contado a mí, esa noche en Valparaíso, cuando salimos a azotar el litoral central como los malos de la naranja mecánica.

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  • “Calugas textuales”, Caluga#41 Alfonso I” | 2010- © 2019 | ricardo castillo sandoval | This work is licensed under a Creative Commons License.

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