Caluga#35 Mariana

Mariana

Tú no me conoces, soy -fui- amiga de Marco y él me contó de tí, él decía que eras como su hermano mayor, pero además principalmente amigo, que no te importaba el par de años de diferencia, años que por lo demás, una vez ya bien pasadita la adolescencia, no significan nada. Pero él decía que a tí nunca te importó, decía que tampoco te importó hablar a los 15 o 16 años con un pendejo de “casi 13” y tomándolo en serio además, una cosa imposible para la mayoría de “los grandes”.

Yo creo que en algún momento se abrirá un frente parecido al feminista o al antirracista, uno que luche por anular la discriminación de la edad, no sólo en el ámbito laboral sino en el día a día ¿o no? Yo al menos soy parte de ese frente desde hace muchos años y jamás le pregunto la edad a nadie … después de todo, todos somos todos seres humanos ¿no? … y tampoco le pregunto a nadie en qué trabaja … es decir, estas no son preguntas legales para empezar a conocer a la gente, ¿no crees?

Si eres como Marco te describía, no te interesará saber qué edad tengo. “Es medio pesado pero es abierto” decía. “Escucha, le pone atención a aquella gente que logra de alguna forma insondable despertar su interés”. Fíjate que yo entiendo bien eso, y por esa razón te estoy escribiendo ahora, yo soy parecida. Pienso que basta una frase – y ésta puede venir de cualquier boca, de una rodeada de bigote, o de una cubierta de pelillos oxigenados que sólo se ven al trasluz, de una de labios mal pintados, mojados de tinto o de blanco, de una con olor a fruta recién masticada– basta a veces una frase, repito, para hacer que uno se detenga en una segunda instancia en el ser que la pronuncia, con mayor atención y reconocimiento: no importando si ha comido un kilo de maní antes.

No estoy hablando de la búsqueda del alma gemela que aparece en tantas imaginaciones románticas y post-románticas-trágicas, no me interesa el trapo rojo ni la mujer de la ventanita … mi pesquisa es más casual y más realista; es hacer la constatación de que podemos reconocer facetas gemelas en un mar de gente, y eso es a veces un alivio grande, es más fácil que lo del trapo rojo, y “sirve mucho” como diría Marquito.

Un día, tal vez una semana antes del accidente – o dos- me fue a ver, y andaba muy alegre. Yo estaba a punto de almorzar, era fin de semana y había hecho porotos granados, él llegó medio de sorpresa – no sé si tu te acuerdas de los tiempos de las sorpresas de verdad, las de antes, cuando el anuncio que ahora se hace por celular se hacía tocando el timbre de la casa -, bueno, llegó justo, y almorzamos la combinación ideal del verano, porotos granados y ensalada de tomate, un tinto. Felices, tan hermanos como los porotos granados lo son de la ensalada de tomate y tanto como pueden ser los que en esta forma ven ese hilo de piedra culinario.

Después del almuerzo y del café, Marco se puso a lavar los platos, mirando por la ventana de la cocina. Yo quise aprovechar el tiempo para hacer unas llamadas, mirando desde el living su silueta de espaldas, que lavaba pausadamente los platos. Lindas espaldas de Marco, pensaba yo al mirarlo de vez en cuando mientras hablaba por teléfono. En eso, al poco empecé a notar unas especies de pausas en el lavado; el agua seguía corriendo a veces por un buen rato antes que retomara el fregado, y luego de súbito un endurecimiento de la silueta, una ligera caída de los hombros, una casi imperceptible contracción en la cabeza, un ligero temblor, un carraspeo. Y en algún momento el agua siguió corriendo y corriendo y corriendo, entonces yo corté el teléfono y fui a verlo. Seguramente había estado llorando todo ése tiempo, cuando lo abracé estaba duro y sudoroso, se dejó caer, lo abracé y sentí la humedad caliente de su cara en mi hombro, junto con el sonido sofocado que empezó a hacer al soltarse, como en un estertor. Lo abracé muy fuerte y no me importó que antes hubiera comido porotos con ensalada a la chilena.

Te escribo esto para hacer un mea culpa de mi falta de reacción ante estos indicios, yo tendría que estar en tu lista de culpables, y no lo estoy seguramente sólo porque no sabes de mi existencia.
Pero también te escribo para hacer un llamado a la empatía con el resto de la gente que lo quería, que era mucha. Güevón –yo güeveo a todos los que amo– no pienses que esto fue fácil para nadie, con una persona tan inestable como Marco –te aburrirá esta imagen tan poco original–, es como en el cuento ése del niño que gritaba que viene el lobo. Cuando viene realmente el lobo, pilla a la mayoría viendo tele, cocinando, lavando, o hablando por teléfono.

Caluga#35 “Mariana” en Calugas textuales.

  • “Calugas textuales”, Caluga#35 “Mariana” | 2010- © 2019 | ricardo castillo sandoval | This work is licensed under a Creative Commons License.

Leave a Reply

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.