Caluga#4 Sueños con alas II (sin alas)

Sueños con las II (sin alas)

Ahora estaba adormilado en un living-comedor iluminado con ya tardías luces de navidad, pidiendo triste al aire, sordo modo, la vuelta de aquel yo rapaz, alado, depredador, poderoso.

Dicen que si uno se concentra antes de dormir, se puede ir directo a esa cuesta donde bajan los sueños, dicen que se puede, que hay que concentrarse en alguno de sus colores, de sus guaripolas particulares, dicen que se puede llegar a conjurar la visita de alguno de esos caleidoscopios en forma específica. Yo intenté el conjuro de un sueño aéreo ésa noche: Ojos cerrados, humedad iridiscente en la comisura derecha de la boca, el cristal de la legaña tornasolado también por el florero de pascua.

Lo que tuve fue una ensoñación sin alas.

Tú y yo estábamos en una fiesta extraña, en un lugar desconocido, y una vez más, no conocíamos a nadie.
Habían mesas y banquillos altos pintados de negro, un mobiliario típico de bares. Desde ahí se podían observar las diversas escenas comunes a un festejo que todavía no acaba de empezar: Parejas o individuos, entrando con cierto ímpetu, para terminar mirando alrededor con cierto desamparo. Intentos un poco ridículos de dignidad en la zozobra. En un momento una persona hasta se animó a sentarse cerca de nosotros, pero sólo para cambiarse enseguida, sobresaltada y sin palabras, como pidiendo disculpas con la mirada, a otra mesa.

Después de esta escena de apertura, sin transición alguna, la acción estaba teniendo lugar en las calles de un pueblo que estaba también de fiesta, y como en el transitorio bar de la primera escena, en este pueblo la fiesta tampoco acababa de empezar. Ahora yo estaba solo recorriendo el lugar, quizás buscándote.

En una vuelta de alguna de esas calles, pude ver que ya empezaba el campo, también se podía ver desde allí, el lecho seco pero barroso de un riachuelo, y a la ribera, establos de animales, vacunos que asomaban las eternas cabezas por los ventanucos de las carcomidas barracas.
Mirando más detenidamente, uno se tenía que fijar en algunos de los animales, que yacían inertes sobre el lecho barroso del riachuelo. Sin embargo observando con más atención, uno podía darse cuenta, que esos cuerpos no estaban del todo inmóviles, sino en lento, pero permanente movimiento, como revolcándose, pero sin poder dar una vuelta completa sobre sí mismos, como en cámara lenta.

pobre ganado
pobre ganado

Así estuve fijándome en estos animales medio muertos, en especial en el cuerpo de un ternero, que se revolvía casi imperceptiblemente sobre el barrial. Su pelaje era oscuro y dejaba ver todavía el color de la piel debajo de los pelos, como en el abdomen de los perritos recién nacidos. Fue entonces que me dí cuenta que aquellos animales estaban sufriendo dolores de agonía: La techumbre de una parte del establo estaba, una vez queriendo ver, derrumbada sobre una parte de ése pobre ganado. La expresión de las bestias asomadas por los huecos de los restos del establo era la de aquellos búfalos, que corren, en África, con el depredador ya colgado a la garganta: una silenciosa expresión de terror y a la vez de desconsuelo; en cierta forma la expresión de aquellos atrapados en la estampida en un estadio de fútbol en Bélgica en los años 80.

No obstante, en el pueblo seguía ése ambiente como de fiesta a medio comenzar en las calles, niños chicos parcialmente endomingados, parejas casi jóvenes medio de la mano, vendedores semi ambulantes, algo así como un diecisiete de septiembre. El sol sobre el barro primaveral, una chomba amarilla. Todo este pasear, todo ese ir y venir, los gritos aislados, los fragmentos de música saliendo de altavoces o radios, todo parecía absolutamente indiferente a la tragedia de los animales aplastados a la vuelta de la esquina.

Yo iba buscando con la mirada algún socorro, algún policía, algún bombero, fui dando vueltas por varias calles, chocando contra damas, caballeros y niños, sin que me fuera posible entrar en interacción con este público indolente, indiferente, hasta irritado.

En ese momento, el pueblo este en el que estaba soñando, se volvió algo así como La Calera, este pueblito triste entre Valparaíso y Santiago, una parada a finales del invierno en La Calera, con sus calles polvorientas y embarradas a la vez, con la locomoción colectiva local derrengada, de todos colores desteñidos, y con esa gente morena y curtida por un sol de toda la vida, hombres que parecen humillados pescadores sin bote, de apariencia alcohólica, sentados en una berma, marcando cartillas de la Polla Gol.

Cerca de esos cesantes, me vi queriendo tomar una micro, con la intención ya un poco diluida, de ir en busca de auxilio veterinario, quizás sólo queriendo salir de ese pueblo, alejarme de los animales agonizantes y del pueblo indolente.
Enseguida, ya estaba ya a bordo de una liebre verde-nilo, descalabrada, chirriante, ruidosa.
De pie en el pasillo, en medio de las hileras de asientos ocupados, fui observando con creciente intranquilidad, el transcurrir de árboles y postes del tendido eléctrico, periferias tristes de localidades desconocidas, caseríos oblicuamente iluminados por ése mismo sol cucarro del final del invierno en el litoral central.

Con la sospecha de no estar llegando a ninguna parte, y con el convencimiento creciente de que, por el contrario, me estaba alejando cada vez más de algo importante, llegó un momento en que me decidí avanzar hacia la puerta para hablarle al chofer, para pedirle que me dejara bajar en la próxima.
En el preciso instante en que me inclinaba a hablarle, yo ya no estaba dentro de un vehículo, rodando cuesta abajo a toda velocidad, en patines, bajando vertiginosamente, descontroladamente, entregado al arbitrio de fuerzas gravitacionales, infinitamente aterrorizado. Nunca he andado en patines, como se sabe. Y esto todavía no terminaba porque al final de la pendiente se podía divisar que se cruzaba una calle transitada, camiones y autobuses polvorientos contra los cuales me dirigía sin freno inclinándome hacia adelante, hacia atrás, tratando de mantener el equilibrio sobre los patines inparables.

Y nuevamente de improviso, sobrecorriendo, me encontré como si acabara de frenar una carrera, tambaleándome por una calle plácida. Ya estaba en este otro pueblo, uno un poco más mundano, que uno se puede permitir imaginar parecido a un Quillota al caer la tarde. Había gente en la calle, sin embargo, a estas alturas, mi único interés era ignorar todo eso y volver al punto de partida, aún sin saber cómo.

Cerca de una plaza de armas, había un paradero de micros; una vez más, esas benditas liebres verde-verde-nilo, paraban allí con distintos destinos. Yo me decidí a estar atento para abordar algo que me pudiera llevar de vuelta a aquel pueblo casi de fiesta con los animales a medio morir. En esto, alguien, un individuo con apariencia de obrero, de estos que sólo alcanzan a mojarse y peinarse un pelo opaco antes de salir a tomar micro después de la faena, hizo detenerse a una de las liebres.

Sin abordar, desde abajo le preguntó al conductor si llegaba al 95. Cuando el chofer le dijo que sí, me acordé de que yo había partido en el 97. Entonces abordé el vehículo. Sin embargo enseguida quise bajar porque me dio por no saber, si yendo con el obrero al 95 iba a pasar necesariamente por el 97. Ésa lógica en el sueño era muy sólida. Entonces me bajé sin preguntar nada, como para no llamar la atención, simplemente a la manera del buen chileno, o a causa de la abolladura que dejan los primeros años de una vida semi-muda en un país extranjero de habla desconocida.

En esta instancia, me dediqué un rato a dar vueltas por la plaza. Había ahí un par de puestos de artesanía y varios grupos de jóvenes, los que querría describir como versiones litoral-centrales del estilo grunge, o dobles jibarizados de miembros del grupo inglés “The Cure”.

Al cabo de algún rato, me decidí a interpelar a uno de estos individuos. Polera color mostaza, cara de luna y collar de artesanías, maquillado y depilado, una versión andrógina del desaparecido Gato Alquinta, pero de pelo corto.

Me miró y como toda la vida, después de un saludo, me preguntó si vendía algo. Comentamos un rato el tema de que siempre me confunden con dealer o con músico. Después salió el tema del festival de Viña, de un buzo mariscador que había sido atacado por un tiburón, cosa rarísima en aguas tan heladas.
Entonces como que no quiere la cosa, le conté que en realidad andaba medio perdido, y,  le comencé a comentar la cruda escena del colapso de los establos y el sufrimiento animal en el pueblo vecino. El sujeto no pareció sorprenderse mucho, y aunque la reacción no fue de lo más interesada, fue al menos atenta y me hizo pensar que las cosas podían empezar a marchar bien.
Pero sin mediar aviso alguno, Alquinta comenzó a formular un largo acertijo en un idioma posiblemente asiático, que por supuesto no puedo llamar a la memoria, y sin solución de continuidad, extrajo un papel de debajo de la lengua. En ése instante sin embargo, Alquinta se había transfigurado en un genio oriental, gordo, como sacado de una película de las mil y una noches, negro no de raza, sino de color. Este color de piel pintado hacía parecer las encías y la lengua todavía más rosadas en aquel momento grotesco en el cual sacó el papelito de debajo de la lengua. Todavía húmedo y exhalante lo extendió sobre la blanca palma de la mano, y pude reconocer la letra, que era, tomado puntillosamente, la letra de otra persona, pero para los efectos de este sueño, era inconfundiblemente tu letra.
gordoEn el instante de esta revelación, aparecieron cámaras y siguieron flashes y se allegaron también emocionados rostros de familiares, de forma similar a uno de éstos “realitys” donde todos terminan abrazados.

Y yo en medio de todo, temblando, con la frase siguiente en medio del pensamiento: “nunca pensé que esto todavía pudiera llegar a ser cierto”.

La revelación de este papelito floreado estaba escrita en varios versos, pero yo sólo leí la primera línea:

“Si te quiero es porque sos …”

Ahí me largué a reír y me dije, “No, no, no … paren, paren”.

Con cierta indignación, lleno de sorna, cabreado, me quise despertar.

Esta vez el comando central cerebral no puso objeciones: con ésa misma actitud entre impaciencia y semi-humillación de un chofer que se ve obligado a detener su vehículo para dejar bajar a alguien que tirando del cordel del timbre, golpeando el techo de lata, le hace ver que la máquina va en la ruta equivocada, el comando central detuvo la marcha, dándole lugar a la entidad superior de la conciencia, como avergonzado de la teleserie que había creado un subalterno, me dejó bajar, es decir, despertar.

Bello cerebro, bello … vergüenza debería darle, yo le había pedido un sueño de halcón y me había querido subir a un transporte especial al matadero.

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