Caluga#2 Sueños con alas I

Sueños con alas I

“Si hay que volar, volemos”

Mi silueta comenzó a levantarse, y al moverse fue todavía dejando ver las fases de ese movimiento, degradadas hasta la semi transparencia de una figura recostada. Este fue el movimiento descompuesto que se dirigió en segmentos hacia la cocina.

Había despertado de uno de esos semi sueños involuntarios, que se transforman fácilmente en un espejismo de reminiscencias vagas, grises. Esos semi sueños que dejan la sensación de haber abierto los ojos a una hora indefinida, sin saber si es temprano o tarde, si está amaneciendo o atardeciendo, si uno es o no es.

Tenía todavía unos restos para comer, era poco, pero con un añadido de ése bulgur, que se prepara en cinco minutos, decidí que tenía para una porción decente. Era cerca de las diez y media de la noche.
Una vez más, me dediqué a componer una de esas inéditas e irrepetibles versiones de mezcla de restos de comidas de soltero: esta vez, repollos de Bruselas cocidos, pimentón en su jugo y una cucharada de arroz apuntalada con el bulgur. También una ensalada de repollo por si acaso. A las once ya estaba todo listo.

Comí viendo televisión sin volumen como tantas veces, a oscuras, para dejar lucir mejor en la penumbra mi imitación de árbol de pascua: Una tira de luces de colores enrollada dentro de un florero tubular transparente.

Después de comer, me fui quedando dormido sobre el sofá, y en una de ésas transiciones entre despierto y dormido; se me vino a la cabeza de nuevo aquel sueño que tuve hace poco, ese sueño que he venido contando con tanto entusiasmo a diferentes audiencias aburridas desde entonces: mi fastuoso vuelo sobre el Gran Cañón del Colorado, como se me ocurre llamarlo. ¿Lo quieres escuchar? No importa.

Bueno, yo había tenido sueños aéreos antes, pero siempre se habían reducido a una especie de vértigo, algo situado entre el flotar y el caer, pero más caer que nada. Pero este sueño, fíjate fue distinto, éste fue mi primer vuelo: nunca antes había atravesado raudo los aires de algún cielo onírico.

sueños con alas

Me acuerdo de haberme dado cuenta de improviso, que estaba a varios centenares de metros del suelo, planeando a gusto sobre un paisaje montañoso, sin miedo y con la naturalidad de una persona que vuela, que siempre ha volado, y que va volando.

Y así en eso de ir volando confiado, de pronto se abre en el paisaje debajo, sin aviso, vertiginosa, la cavidad planetaria de un gran cañón rocoso, y junto con la sorpresiva sensación de inconmensurable profundidad, la sensación de súbita desprotección en pleno vuelo, de caída al vacío, de vértigo final. Sin embargo, ese vahído sólo duró un instante: en alguna parte del cerebro, la sorpresa que había comenzado a enviar la química para despertar de aquel sueño, fue relevada por el comando central que prefirió ignorar la recomendación, y persistió en la ensoñación, como diciendo: “Espera. Falta lo mejor”.

Y así, sin cambiar mi calidad de soñante, me permitió pensar: “Se trata de un sueño – hay que aprovechar”.

Así fue que no desperté, sino más bien hasta me pareció escuchar con entonaciones bíblicas, la frase: “Si hay que volar, volemos”.

Mira entonces, que en lugar de seguir planeando como vulgar gaviota, aburrida y poco ocurrente en el manejo suficiente del fluido aéreo, preferí vestir plumas distintas, las de un halcón peregrino, por decir lo menos.

Con este impulso, me dirigí planeando hasta la mitad del cañón, para detenerme en un alarde manteniendo una posición fija en el cielo, para finalmente después de unas vibraciones llenas de suspenso, dejarme caer, de súbito, en picada, pegadas las alas al bólido cuerpo, hacia las profundidades, acelerando, acelerando, acelerando, dejando para el extremo último instante, la calculada maniobra de rendir un curva magnífica sobre el fondo del cañón, para después, ir ganando altura nuevamente, con alegre, contínua precisión.

Una vez arriba, en abierto exhibicionismo aerodinámico maniobré para ir a quedarme nuevamente unos instantes fijo en el cielo transparente, antes de bajar de nuevo en feroz picada.

Bello cerebro, bello. Dos o tres oportunidades tuve de descender a recoger en el fondo de ese cañón, las pequeñas, espléndidas endorfinas.

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