Sueños con alas I

Tenía todavía unos restos para comer, era poco, pero con un añadido de ése bulgur, que se prepara en cinco minutos, decidí que tenía para una porción decente. Era cerca de las diez y media de la noche. Terminé de comer la irrepetible mezcla de restos de soltero como a las once; repollos de Bruselas cocidos, pimentón en su jugo y una cucharada de arroz apuntalada con el bulgur. También una ensalada de repollo por si acaso.

Comí viendo televisión sin volumen como tantas veces, a oscuras, para dejar lucir la imitación de árbol de pascua: Una tira de luces de colores enrollada dentro de un florero tubular transparente.
Después de comer, me fui quedando dormido sobre el sofá, y en una de ésas transiciones entre despierto y dormido; se me vino a la cabeza de nuevo aquel sueño que tuve hace poco, ése sueño que he venido contando con tanto entusiasmo desde entonces: Mi fastuoso vuelo sobre el Gran Cañón del Colorado, como se me ocurre llamarlo.

Ya había tenido sueños aéreos antes, pero siempre se habían reducido a una especie de vértigo, algo situado entre el flotar y el caer. Pero este sueño fue distinto, éste fue mi primer vuelo, nunca antes había atravesado raudo los aires de cielo onírico alguno.

Me acuerdo de haberme dado cuenta de improviso, que estaba a varios centenares de metros del suelo, planeando a gusto sobre un paisaje montañoso, sin miedo y con la naturalidad de una persona que vuela, que siempre ha volado, y que va volando.

sueños con alas

Y de pronto se abre en el paisaje debajo, sin aviso, vertiginosa, la cavidad planetaria de un gran cañón rocoso, y junto con la sorpresiva sensación de mayor profundidad, la sensación de desprotección en pleno vuelo, de caída al vacío. Pero eso sólo duró un instante: En alguna parte del cerebro, la sorpresa pareció querer notificar que había que despertar del sueño; el comando central sin embargo prefirió ignorar esta recomendación, y persistió en la ensoñación, como diciendo: “Falta lo mejor”.

Y así, sin cambiar mi estado de soñante, me permitió pensar: “Se trata de un sueño – hay que aprovechar”.

Así fue que no desperté, si no más bien hasta me pareció escuchar con entonaciones bíblicas, la frase: “Si hay que volar, volemos”.

En lugar de seguir planeando como vulgar gaviota, aburrida del manejo suficiente del fluido aéreo, vestí plumas distintas, las de un halcón peregrino, por decir lo menos, y sobrevolé planeando hasta la mitad del cañón, para después dejarme caer, en picada, pegadas las alas al bólido cuerpo, hacia las profundidades, acelerando, acelerando, dejando para el último instante, la calculada maniobra de rendir un curva magnífica sobre el fondo del cañón, para después ir ganando altura nuevamente, con alegre, continua precisión.

Una vez arriba, en abierto exhibicionismo aerodinámico maniobré para quedarme unos instantes fijo en el cielo transparente, antes de bajar de nuevo.

Bello cerebro, bello. Dos o tres oportunidades tuve de descender a recoger en el fondo de ése cañón, las pequeñas, espléndidas endorfinas.

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