Un domingo de ramos (r)

hdp
HDP

Un domingo de ramos (revisited). Este texto forma parte del material que vio la luz pública durante la recordada serie de hallazgos de pelotas (HDP) en Santiago a principios de los años 80. Entre marzo de 1981 y diciembre de 1983, documentos manuscritos de diversos autores desaparecidos fueron siendo encontrados escondidos dentro de pelotas de plástico, las que eran abandonadas por desconocidos, en canchas de tierra en diferentes puntos periféricos del Gran Santiago.

El manuscrito “Un domingo de ramos” se encuentra en dos versiones, una en verso, y otra en prosa, la presente. Entre los hallazgos de textos en pelotas de plástico, hay más ejemplos de este tipo de composiciones duales. Algunas presentan el timbre “revisited”, generalmente sobre la versión en prosa. En algunos casos sin embargo, la versión “revisitada” es la en forma de verso. El timbre fue presumiblemente de fabricación casera, sobre la base de la mitad de una papa sacada en relieve y usando de colorante una simple solución de témpera, una técnica especial muy propagada en colegios y jardines infantiles en la década de los 60 y 70 en Santiago. Se presume que el autor o los autores pueden haber compartido esta forma como un ejercicio literario.

En una de las hojas que servían de envoltorio a la bola de papel conteniendo “Un domingo de ramos” se puede leer  escrita a kajal una frase en idioma inglés: “Could we start again, please?”, junto a tres representaciones en forma de corazón y una que recuerda la cabeza del popular personaje de historietas “Condorito”.

Un domingo de ramos

Al final de una semana fatídica, después de pasar tardes enteras metido en una pieza mal iluminada, medio muerto de calor porque era verano, desperté un domingo perdido en una pampa desenfocada, tratando de descifrar el mañana estupefaciente que mostraban los fragmentos de hojas de diario que tapaban apenas la ventana sin vidrios, unas hojas amarillentas, en extremo frágiles, que parecían la alegoría borrosa, de una idea tan tuerta como la del tiempo.

Me dí cuenta que había pasado una semana entera apoltronado en un sillón de cuero sintético, una semana entera sudando a mares, por cada poro, aun estando apenas vestido, con unos calzoncillos que me quedaban grandes. Y todo este tiempo la había pasado esperando, y esperando; esperando que la puerta enclenque de la habitación, se viera de pronto remecida por golpes de tu mano, golpes que habrían de ser los golpes que de todos los golpes fueran los golpes que pareciesen los golpes más claros y sonoros.

De toda esta torcida poesía vine a salir raspando, cuando en realidad me quedaban ya pocas horas de vida, o al menos me quedaban pocas horas de lucidez, porque el calor era  como la verdadera calamina ardiente en medio del camino a San Pedro.

Así es que, ahora que estaba consiguiendo levantarme de la cama como un alfeñique de 44 kilos, con menos fuerzas que un lactante, cucarreando como un trompo que se muere, grandísimo esfuerzo pude abrir la puerta trancada con una cuña de papel de diario y pude salir de aquel sauna fortuito.

PARABIENES AL REVÉS

La gente que estaba reunida afuera, estaba como esperando y al verme se empezaba a reír de mí, como si yo fuera un cómico, pero en las risas se le notaba que tenía mala intención, y de ahí que al verme algunos empezaron a gritar cosas feas, la mayoría absurdas e inverosímiles, entre risotadas, unos que “de adónde saliste pequeño Adams!”, otros que “te creís la muerte cerebro fugado”,uno más allá, que “Drácula en las rocallosas”. Hasta “Rumpelstilchen”, me gritó un grupo de minas medio-mediano-ligero, buenas piernas, con pinta de gringa.

Ahí fue cuando se empezó a poner más desagradable la cosa, y antes que me empezara a dar algún vahído todavía medio ciego por el sol, viendo todo verde, fui a tratar de hacerme paso entre aquella turba, así como fingiendo apuro, con ésa cara de Buster Keaton que muchos ponen después de levantarse más que rápido, después de caerse en público.

Buster Keaton
Buster Keaton

En esta tambaleante fuga fue siguiéndome un gran lote, y continuaron llegándome acusaciones arbitrarias a las cuales no sabía responder adecuadamente: Que me había olvidado del cumpleaños de alguien, que había dejado secarse tal planta, que jugando a la pelota (textual) “no empapaba lo suficiente” la camiseta …

“¡Como si se pudiera empapar algo a medias!”,me acuerdo que se me ocurrió gritarles de vuelta, pero cuando tenía lista la gran frase, ya había pasado la vieja, y mi cerebro hecho una pirinola tenía que enfrentar nuevos reproches, nuevas conminaciones, que cada vez me iban dejando más atarantado.

Al paso, me dolió el hecho de que algunas de esas voces a veces hasta sonaban familiares, estaba siempre a un pelo de reconocerlas, pero curiosamente, éstas voces me acusaban de faltas y descuidos de orden técnico, de ser un “profesional irresponsable”, y otras banalidades, en tanto que eran más bien, desconocidos los que se cargaban a tratar de sacar sentimientos cochinos.

LA PINCOYA DE LA BURLA

domingo
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El remate de la procesión fue la aparatosa aparición de una mujer hermosa y rubia, una de gran porte esbelto, con pose de estrella y sonrisa irónica, una princesa del sarcasmo, que vino a darse el lujo de escenificar con la cara llena de risa, a la vuelta de una esquina, asegurándose con esto una mayor audiencia, la lectura de un presunto informe especial, según el cual yo, SSS (su seguro servidor) de acuerdo a “encuestas recientes llevadas a cabo 
por una prestigiosa y muy seria organización” , habría sido evaluado
como uno de los tres representantes del género humano residente en Santiago, más vacilantes y torpes en el trato, siendo superado en esta difícil disciplina tan sólo por un gigante centro-africano de apellido Katanga, de gran talla y corpulencia, y siendo seguido a distancia por un caballero argentino, más bien raquítico.

La peor humillación es aquella a cargo de una mujer buenamoza.

De nuevo tratando de enfocar bien en medio de este espejismo, yo trataba de ubicar con la visión nublada por el vaho de las lágrimas, a alguien aliado, a alguien camuflado entre la hostil muchedumbre, con la esperanza brillante pero borrosa de que ése alguien presunto, ensotado, estuviera acompañándome lloroso en esta especie de domingo de ramos al revés, que el mundo entero (todo Santiago) me estaba dedicando.

Sometido a tan grandes presiones, en calidad de invitado especial en un foro a la fuerza, y groggy por los azotes de aquella verdadera mijitarrica de la burla, sin poder todavía razonar, me vi diciendo como guiado por un piloto automático programado en la infancia, en voz alta pero atiplada, un par de tonteras, lindas defensas dignas de una pelea de recreo en un patio de colegio a los once años: “los tontos son ustedes”.

Entre risas, risitas, carcajadas y pifias, fueron haciéndose patentes las primeras amenazas y así es que tratando de apurarme un poco, me fui alejando de toda esa gente y de la habitación calcinante bajo una lluvia intermitente de proyectiles de todo origen: Del reino animal (insectos de insectario y roedores muertos), del reino vegetal (un pepino mordido pero no mascado, un lote de acelgas lacias y 1 ½ membrillo), del reino mineral (bolitas de piedra en azul y en amarillo, tiritos de mármol, piedras y peñascos), amén de toda clase de piezas de manufacturas productos del ingenio humano.

  • “Un domingo de ramos” (Manuscrito encontrado en una pelota de plástico, población La Legua, San Miguel, Santiago de Chile, 01 de mayo de 1982)
  • 2010- © 2018 | ricardo castillo sandoval | This work is licensed under a Creative Commons License.

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