Caluga#39 Clara y Rojitas (II)

Rojitas aprieta por medio segundo los ojos y exhala suave pero perceptiblemente. Hubiera preferido fortalecerse antes, con otro schop, con otra carga ligera de risas.

Sin que ellos lo noten conscientemente han empezado a caer sobre la ciudad las sombras. El fragor de la calle ha cesado, el chiflido apagado y el vibrar lejano de alguna máquina apenas sí se perciben de vez en cuando, ahora ya hay más gente en el local. No hay ventanas cerca, y no obstante, de alguna manera misteriosa este crepúsculo exterior se ha metido en el bar como una niebla, se manifiesta de forma indirecta en la superficie difuminada de las cosas; quizás lo transmitan las posturas de las personas que conforman el público del Bucaneros”. Será la forma de acariciar el vaso o la copa, será la inclinación de la cabeza, la expresión de los garzones, el volumen de las cabelleras. Será el compás de todos los movimientos, la suma de esos pequeños cambios.

–Te escucho Clara, todo me sirve. Cuéntame cómo fue ese encuentro –exhala nuevamente Rojitas sin mirar a su amiga, acariciándose la juntura de las cejas,  fijándose en las magulladuras de la superficie de la mesa.

–“¿Todo bien por este lado?” –Es Raulito el que pregunta y, que al verlos, decide ahorrarse alguna humorada, y añade con voz eficiente– ¿Otra torobayo?

–Sí, por favor –dice Clara sin preguntar a Rojitas.

La música ambiente del bar ahora pasó del Bossa Nova a Fuera de mí, de “La Ley”.

Ni Clara ni Rojitas abren la boca hasta que aparece el mozo, con los dos schop. Viene con un sonrisa tan amplia, que los dos sin haberse puesto de acuerdo, hacen un esfuerzo simultáneo para salir del globo en que están metidos, y lo reciben remedando un aplauso, de manera que se sorprenden al verse aplaudiendo al unísono las torobayo, se sienten un poco tontos y eso les basta para querer recuperar un par de risas.

Raulito, un poco perplejo, reduce esta vez el show al mínimo y deja las torobayo sonriente y reverente, pero mudo.

–”Fun…  you know … remember fun?” –vuelve a decir Clara, todavía sonriendo. Y en seguida un poco preocupada– No voy a poder quedarme dormida si no me acuerdo qué película era esa.

Rojitas y Clara chocan los jarros y toman de nuevo un sorbo largo.

–Entonces tú crees que fuiste la última del grupo que vio a Marco antes del accidente …

–Tú crees que yo creo, José, yo estoy segura –dice Clara.

»Vino al archivo a buscarme, un día miércoles como a las 11 de la mañana. Yo lo reconocí de lejos, antes de que el auxiliar me avisara que alguien me buscaba, porque justo estaba en el salón de lectura, y lo vi entrar a preguntar al mesón. Pura casualidad porque yo estoy ahora en otra sección, ya casi no me aparezco por salón de lectura. Pero para Marquito seguramente era el único lugar lógico para ir a buscarme.

»No sé si te ha contado alguien que en último tiempo no era raro encontrarlo bastante desarreglado, no sé si tu alcanzaste a ver esta transformación antes de irte. Quizás sí, o por lo menos los indicios.

–Sí, yo venía observando un cambio en sus hábitos, por eso en parte la rabia, porque antes de irme advertí a todo el mundo que por favor pusieran …

–Bueno, ése día –prosigue Clara sin hacer caso–, hablé cortito con él y no noté nada al principio. Como era temprano todavía y yo estaba bien ocupada, le dije que se diera una vueltecita y pasara a buscarme como a las doce y media, que lo invitaba a almorzar. Dijo que bueno, que se iba a esperar a la placita al lado del cerro mejor, porque andaba con una mochila pesada.

»Cuando llegó, yo quería llevarlo a un restorán vegetariano que conocía por ahí, cerca de la Universidad, pero él dijo que prefería ir a comerse un “chacarero sincero”, así dijo, un chacarero sincero. No traté de entender a qué se refería con sincero, pero le dije que si quería algo sincero, qué más sincero que El Completo, donde las camareras no le han regalado una sonrisa nunca a nadie, pero tampoco molestan al cliente.

Rojitas sonríe, y dice –claro, pero tampoco se molestan por el cliente, si son las famosísimas “amables señoritas que atienden en El Completo”.

–Bueno, en eso de ir con Marco caminando hacia El Completo, es que me empecé a dar cuenta, al sol, de lo cochino que andaba. El cuello de la camisa, que era oscura, se notaba seboso, brillante –imagínate si hubiera sido una camisa blanca–. Las manos las tenía todas partidas, oscuras, las uñas, de luto” como decía mi papá. Los bluyines estaban mejor, pero igual manchados, no daban ganas de adivinar con qué. Y la mochila que andaba trayendo, un asco entero. Había sido morada en algún momento, en los años 60 me imagino. Por suerte tenía el pelo corto.

»Por eso te comentaba lo de las garzonas de El Completo, porque incluso esas verdaderas esfinges de la rama gastronómica capitalina, nos pusieron caras raras cuando entramos al local, imagínate, tú que sabes bien qué tan fino es el público que entra a esta distinguida fuente de soda. Estoy casi segura que si Marco va solo, así como estaba, no lo dejan entrar.

»Te cuento estos detalles para que te hagas una idea de lo difícil que se estaba poniendo acercarse al mundo de Marco. Para darte los elementos y los hechos que se necesitan para entender quizás finalmente, o al menos para poder ordenar mejor en la cabeza la tragedia, el accidente, como lo quieran llamar.

»Los que nos quedamos acá y lo vimos en esta espiral sin poder intervenir efectivamente, lo entendemos mejor. Yo sé que a ti esto te va a sonar mal. Que te suena a lo mejor como ése ninguneo de la gente que tiene hijos para con los que no tienen, cuando se trata de discutir cosas de crianza. Pero la situación era parecida, no hay vuelta que darle. Te adelanto que es super complicado tratar de entender una situación que requiere para entenderla precisamente el haberla vivido. Tampoco te quiero refregar en la nariz tu ausencia, todo lo contrario, lo digo como un consuelo, porque yo sé que tú tampoco habrías podido hacer más. No sé si me entiendes.

Rojitas endurece por un momento las facciones, se echa un poco hacia atrás en la silla y dice finalmente, como luchando contra algo

–Entiendo eso perfectamente … Pero también me dan ganas de gritar “¿Por qué no me llamaron?” Pero claro, no puedo … si yo bien a propósito no dejé señas de dónde se me podía ubicar– dice finalmente exhalando.

–Ayayay rojitas, yo ya sé que no voy a poder dormir esta la noche. Imposible –dice Clara haciendo el ademán de despeinarse con una mano–. Me voy a desvelar por causa de todos estos fantasmas que hemos estado invocando, y que voy a empezar a oír nítidamente en cuanto ponga la cabeza sobre la almohada, como si hubiera bajado a la morada de Hades, antes de tiempo …

–“y habrás muerto dos veces, en lugar de una como todo el mundo” –acota Rojitas.

–La ninfa Circe al atribulado héroe ¿no? –replica Clara con aplomo, tratando de disimular su satisfacción.

–Ésa es mi Clarita –sonríe con tristeza Rojitas; y después de pensar por un par de segundos, añade, después un poco más animado:– Yo con mayor razón no voy a poder dormir, porque muy en contra de mi religión, me he estado riendo como chino después de las ocho de la noche.

–Clara pone una cara de entre curiosidad y qué-tontera-estás-diciendo.

–Los preceptos son clarísimos en la religión del sueño sano Clarita –continúa Rojitas–, Regla Nro. 1.- está prohibido, discutir por teléfono con familiares y Regla Nro. 2.-, pero no menos importante, está prohibido, entregarse a la tentación de la risa después de las ocho de la noche. Después de las ocho es toque de queda para los chistes y las payasadas. Y reírse estando ya en la cama se debe evitar tanto como las comidas pesadas antes de acostarse. No, reírse en la cama, pasa a ser pecado mortal: Ahí sí que el mismo dios del sueño te saca a patadas del paraíso.

–Me suena tanto esa religión, Rojitas … –dice Clara pensativa.

Rojitas suspira y dice –Sabes que me acordé ahora, recién, después de muchos años. Esta religión es invento de Marquito. Es decir, él desarrolló los … preceptos. Eso del límite horario para la risa, en defensa de la higiene moral y protección del sueño. Me acuerdo cuando decía, la mayoría de las veces en medio de sus propias risotadas “ya, Schluss … muy tarde para reírse, paren el leseo yo ya no puedo reírme a esta hora”.

»Yo fui su acólito en ese culto, y para un cumpleaños mandé a imprimir dos poleras, y le regalé una a Marco. Puta que estaba contento ése día con su polera.  Puede que yo todavía tenga la mía en alguna parte. Yo me encargué del diseño. Tenían una ilustración que mostraba un reloj como de Dalí, y abajo decía:

muy temprano para llorar – muy tarde para reírse.

Clara se ríe, de nuevo animada. –“ ‘tá buena” –dice– ¿Podrá ser que yo lo haya visto con esa polera y por eso me suena tanto?

Después añade pensativa: –Ahora me lo imagino, y mañana te lo voy a contar. Que lo vi con esa polera tal o cual día, y le voy a agregar algún detalle. Tengo una imaginación demasiado buena para completar cosas, demasiado trabajadora, demasiado creativa. Roja era la polera ¿no, Rojitas?, con letras negras.

Rojitas la mira con cara de perplejidad, y responde –Uyyy, ya me estai dando miedo cabrita. Sí, bueno … la mía era la roja, claro; la de él era verde. Y el estampado era en blanco.

–Los complementarios –dice Clara, y añade, como tratando de despejar una borrasca mental– Bueno, ya,  “Schluss”. –Enseguida se lleva la jarra a la boca, y dice– “Prost!” –para tomar un largo sorbo, esta vez sin esperar a Rojitas.

–No miraste a los ojos, ni esperaste, bandida. –dice Rojitas resignado, y añade con una sonrisa chueca– eso trae mala suerte.

–Ya … no importa, –reclama Clara– dejémosle las alemanadas a Marco –dice después, un poco impaciente.

Después de una pausa, prosigue– Nos sentamos en el piso de arriba como cuando éramos estudiantes, en una mesa al lado de los ventanales que dan a Mac-Iver. Y pedimos los chacareros, yo ya me había resignado rápidamente ése día, de nuevo, a comer carne.

»Durante ese almuerzo estuve tratando de no mirar mucho a Marco comer, y aunque había poca gente, igual yo sentía que lo miraban y nos miraban a los dos. El se comió el chacarero en un dos por tres, haciendo ruidos, y yo ahí como sin mucho apetito, al verlo tan sucio.

»Cuando terminó de comer, lo vi arrastrar la mochila asquerosa que tenía apoyada en la silla para buscar algo, y alcancé a darme cuenta que iba a sacar una botella de uno de los bolsillos, una botella de tinto a medio consumir, aunque habíamos pedido, él cerveza y yo un fanschop. Entonces como que me anduve enojando, y le dije que no, que eso no se hacía, que cómo se le ocurre, que no estábamos en la calle, que ahí tenía su cerveza.

»Sabes que todavía veo la carita que me puso, cuando me acuerdo me dan ganas de llorar, de verdad, hasta ahora.

Rojitas pone una mano sobre la mano de Clara que juega con el salero, y se alegra en secreto de saber que él es persona de manos tibias, gente rara, que la mayoría del helado mundo admira. «Reconforta también poder reconfortar con manos tibias, las manos frías del mundo» –piensa Rojitas.

–Siempre tienes las manos tan calientitas José Miguel, qué envidia. –dice Clara y prosigue –Se sintió súper mal. Me pidió perdón por andar así. Y entonces aproveché para acercarme, mirarlo y tratar de hacerle sentir que yo estaba preocupada por él y que podía contar conmigo y con mucha gente que lo quería. Le dije que yo estoy de su lado, así se lo dije, textual “Marco, nunca te olvides, aunque te rete a veces, que yo estoy de tu lado, siempre.”

»Ah … puras penas –dice Clara, después de una pausa, susurrando en un hilo de voz–. Y ahora más todavía. De lo que me di cuenta ahora al hablar contigo y me dio más pena rojitas, es que no vi en Marquito ése día ni un cachito así de humor, ni una risita enana que fuera. Y al ver el contraste, ahora que me cuentas y me haces recordar la cantidad de cosas divertidas que decía siempre, se me redobla la pena y la rabia, porque ya al verlo así de pobre y solo, y sin una sonrisa, se me deberían haber prendido todas, todas las alarmas, la alarma roja.

Al fin Clara suelta el sollozo que se había colgado hace ya un rato de su voz.

–Pero algunos creen que … –dice Rojitas. Pero no completa la frase. Prefiere mirar hacia arriba, como hacen algunos que para evitar estornudos miran directo al sol o hacia alguna fuente de luz.

–Me pidió plata –continúa Clara, secándose con cuidado los ojos con una servilleta de papel, –y añade –El humor y el peinar la muñeca no van juntos, ¿te has fijado? –dice después, sin conexión evidente, con esa rara expresión, mezcla de tristeza y curiosidad que se da en las conversaciones post-drama, cuando se sabe que ya no hay nada que salvar.

–Le pregunté para qué quería la plata, traté de averiguar dónde se estaba quedando, si le quedaba todavía familia en Santiago.

Me dijo que tenía una amiga con la que se iba a quedar un tiempo, pero que se iba a ir al sur, dijo que en Valdivia tenía unos tíos y que se iba a poner en contacto contigo y con el negro, porque “les debía la vida”, y que además ustedes dos lo sabían … –y añade como recién recordando el detalle– después dijo, “ellos también me deben una, me deben una”.

–Yo sé a qué se refería con eso creo –dice Rojitas, después de unos momentos– es lo que nos decía a mí y al negro después de las taquicardias, que nosotros éramos los responsables de él ahora. Lo decía en chiste por supuesto, es un lugar común que se atribuye a no sé qué tribu norteamericana, seguro que es un invento del Llanero Solitario: La creencia de que el que salva a alguien de la muerte queda como responsable de esa existencia. De eso me acuerdo muy bien. Se hizo chiste recurrente después, todo el tiempo, yo o el negro diciéndole, cuando dejaba alguna cagada por ahí o se ponía muy pesado, te vamos a devolver güeón, no nos cuesta nada, ya nos empezamos a arrepentir al día siguiente de haberle enmendado la plana al espíritu, gil, te vamos a dejar amarrado en la playa en Pichidangui pa’ que te venga a llevar.

–¿Viste que la locura cancela el humor rojitas? A eso iba. Él dijo todo lo que dijo sin una sonrisa. Me contó que se tenía que esconder, que él ya estaba en los descuentos.

Me dijo que era el mismo “viejo malo” el que lo andaba siguiendo, el mismo que había visto esa noche en la playa, que él sabía que era el mismo. Dijo que andaba también en la Biblioteca Nacional, en los baños. Y que seguía enojado, enojado con todos nosotros, con ustedes también, dijo varias veces. Que esa noche habían pasado cosas, que nosotros no nos dábamos cuenta, pero él sabía que desde esa noche se había trizado la bola. Y que por eso tenía que ubicarte a tí y al negro, pero lejos, en el sur. Que se tenía que ir al sur para juntarse contigo y con el negro.

»Aunque todo sonaba como un gran disparate, yo no me atreví a comentarle nada de lo del tablero. A mí lo que me daban más nervios, es que a veces te daba detalles de algunas de las chifladuras que contaba y te dejaba pensando. Dijo que una amiga suya que sabía mucho de estas cosas, lo estaba ayudando con el plan y le decía qué protecciones tenía que usar, los versos que hay que decir. “Te los voy enseñar a ti también, antes de que me vaya tengo que pasártelos”, me dijo. Me contó que por un tiempo no se podía cambiar de ropa, que tenía que llevar siempre algo de la persona, y que por eso el momento en que uno se saca la ropa para acostarse o para ducharse, es cuando uno es más vulnerable. “una cadenita hay que llevar por lo menos, algo de la persona”, decía. Por eso ducha y cambio de ropa, lo menos posible. Me acuerdo que para relajar un poco todo eso, para aligerar el ambiente con alguna lesera, le pregunté “bueno y qué pasa con la polola entonces”, pero ni con eso le saqué una sonrisa, antes se puso más serio y más ensimismado, repitiendo “acuérdame de copiarte los versos para la próxima”.

–Pero no se encontraron de nuevo –musitó Rojitas. «Y no nos sabemos los versos», pensó para sí, como en un intento de hacerse un chiste a sí mismo. Pero la resonancia de ese pensamiento fue más bien una resonancia de vacío y de desesperanza. Se sacudió como de un escalofrío.

–Clara lo miró y continuó diciendo–, ¿Te imaginas que hubiera tratado de escribirte todo esto? Habría sido imposible, se me cae el pelo, me muero.

Jamás me hubiera atrevido además, en mi casa, sola, en la noche. La casa es vieja, y suena cuando me desvelo, o me desvelo porque suena. Fíjate que yo, que siempre he presumido de llevarme bien con mi soledad, a veces … últimamente a veces, me pierdo un poco rojitas. Me da miedo todo y me da miedo pensar en Marco. En su cuerpo tirado en la calle. En sus últimos minutos. A lo mejor yo estaba despierta en ese momento, y él asustado, solo, muriéndose a pocas cuadras de mi casa.

»A veces pienso que la suma de las tristezas no resulta en una tristeza mayor. A veces me da la sensación, de que las tristezas que uno se va ganando en la vida por la propia habilidad, sumadas a las que nos regala el prójimo, más las tristezas naturales, las que son parte de este mundo, que están como pegadas a esto de ser humanos sin más, no resultan en una tristeza gigante, sino que se transforman en pavor, en un miedo inmenso que se vuelve la sombra de uno. Y es entonces cuando empiezan a crujir las casas. ¿No te ha pasado alguna vez? Que al caminar por el simple pasillo oscuro para ir a acostarte, a medio camino te agarre un miedo de ésos que daban de niño, de ésos que te hacían correr dando un respingo al dormitorio, para cerrar la puerta rápidamente, prender las luces. Así yo a veces corro hoy al dormitorio y prendo la primera luz que encuentro. Ahí es cuando uno querría saberse esos versos que decía Marquito. Es cuando da miedo hasta ducharse rojitas, cualquier cosa menos estar así en pelota, mojada y sola. Cuando uno tiene esos pensamientos raros, como: cuánto se demorarán en venir a ver qué pasa, cuánto se demorarán en encontrarme.

»Y tú te apareces como de la nada, exigiendo explicaciones, tratando mal a todo el mundo, haciendo suposiciones, condenando … Me costó muchísimo decidirme a venir a hablar contigo, a pesar de las ganas que tenía de verte y a pesar de todo lo que te echado de menos. Pero también entendí tu necesidad de encontrar de dónde agarrarte para poder asimilar la pérdida, esta enorme pérdida de tu amigo, nuestro amigo. Y como dije, escribir, no,  no habría podido escribir una sola frase.

»Ahora estoy cansada y muerta de pena y miedo. Quiero irme. Me dan ganas de abrazarte y decirte que me acompañes un par de cuadras. Pero por otro lado, prefiero irme sola, es malo pedir prestadas cosas que, cuando se tienen que devolver, dejan un vacío todavía más grande.

Clara se pone de pie y se ubica cerca de Rojitas, que se queda inmóvil como mirando algo muy interesante en el piso del bar, que no levanta la cabeza, cuando Clara se la acaricia, revolviéndole el pelo un poco, en tanto que observa una ilustración técnica de las partes de un barco ballenero que tiene justo delante de sus ojos, y se dedica a tratar de leer los nombres escritos en inglés con una letra muy pequeña.

Pasan unos instantes y Rojitas levanta la cabeza, abraza a Clara por la cintura y con la cara cerca de su vientre, le dice:

–No, espera no te vayas así Clarita, no te dejo, no te voy a dejar. Te acompaño después hasta tu casa. O mejor, tomémonos antes la última, y hablemos de cualquier otra cosa.

«Como cuando uno –piensa Rojitas–, después de haber visto tarde en la noche una película de miedo, pone un documental de animales sin volumen en la tele, o las noticias, para sacarse las imágenes de la cabeza, para poder irse con una mínima confianza en el girar de este viejo planeta, a la cama, para poder cerrar los ojos y quedarse al tiro dormido, saltándose entera la noche.»


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  • “Calugas textuales”, Caluga#39 “Clara y Rojitas (II)” | 2010- © 2019 | ricardo castillo sandoval | This work is licensed under a Creative Commons License.

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