Caluga#38 Clara y Rojitas (I)

“Oye, mira, la Magdalena me dijo que preferías que te escribiéramos algo, y me mandó una copia de tu carta, yo ya la leí enterita y la encontré buena y te encuentro toda la razón, pero yo, fíjate que no puedo escribir tanto, me confundo entera, se me viene todo a la cabeza de un viaje, y me empiezo a desesperar, más encima tengo sólo tiempo en la noche, y si me pongo a escribir a ésa hora, después no me quedo dormida, por eso prefiero que nos juntemos, qué te parece cerca de la Biblioteca Nacional, yo trabajo hasta las seis, aquí te mando mi teléfono el 2242191, llámame como a las 8 y nos ponemos de acuerdo bien cuando. Yo puedo todos los días de semana. Un besito.”

En el día ha hecho calor, pero la tarde ya refresca, son las 7 de la tarde y corre la brisa de esa hora en esta época por la Alameda. Todavía hay un montón de gente saliendo del trabajo, esperando la locomoción colectiva, cruzando en oleadas, entre San Francisco y Sta. Rosa, proyectando sombras largas sobre la calzada. Rojitas camina por la vereda sur frente al edificio de la Biblioteca Nacional en la dirección de su sombra. Ya a una cuadra, o dos, ubica el bar, “Bucaneros”, un barcillo ambientado a modo de barco; o algo que tenga que ver con el nombre, con cuerdas y barriles, más bien parece una cueva, o la bodega de un barco, porque el lugar está  apenas iluminado, las mesas y las sillas, estilo “rústico”, son pequeñas. De fondo permanentemente, Silvio Rodríguez y Cía. Ltda. «Pero no es desagradable y se puede hablar» –piensa Rojitas– «la música está a un volumen decente».  Se sienta en una mesa desocupada y pide un schop.

Después, observa al público por unos momentos, y en eso, reconoce a Clara que recién  poniéndose de pie al otro extremo del bar, le hace unas señas para que se acerque a su mesa. Se abrazan cordialmente y se sientan, Rojitas busca la mirada del mozo para comunicarle hacia dónde tiene que ir el schop.

Ella se ve un poco ansiosa, pero Rojitas se sabe esto de memoria, y mira todavía un poco alrededor, para darle tiempo a que le bajen un poco los nervios a esta niña. Inútil. Sentada en la punta de la silla, con un gesto como de alisarse una falda que no lleva, suena la salva:

–Rojitas, estai casi igual, pero un poco pálido, ¿estás enfermo?

Por un milisegundo Rojitas alcanza a preguntarse dónde terminan los nervios y dónde empieza esta forma huasa transversal en esta sociedad, esto de comentar de entrada la apariencia de la gente, una forma a la que él nunca pudo acostumbrarse. «Uy que estás gordo, oy que estás viejo, estás más canoso, ay que barbón, estás en los huesos, ¿y esa chasca?» … y encima, eso de los apellidos en diminutivo que siempre le cargó; tanto que por un tiempo su frase-lema fue: «no me digai rojitas conchetumadre».

–Clariiiiita, tranquiiila, –le dice–, ¿No has pedido nada? ¿Qué vas a tomar?– Con un poco de maldad añade sonriendo –y no me digai rojitas.

–Ay, si es de cariño –dice–, pesado. No he pedido, te estaba esperando. Un Fanschop, creo … o … lo que tú pediste.

En algún recoveco de su cerebro, Clara se da cuenta que está acelerada. Pero el darse cuenta no cambia ni cambió nunca nada, antes empeora la situación. Entonces trata de pensar en otra cosa mientras se toma el pelo.

Rojitas la mira otro milisegundo. Un cuarto del milisegundo, los labios, otro cuarto, las manos, la mitad, los ojos.

–Yo pedí un torobayo.

–Ya. Eso poh.

Al fondo el ruido fragoroso de la Alameda casi no se siente –piensa Rojitas: «para hablar está mejor aquí atrás, es cierto».

Se miran y se sonríen. Después intercambian informaciones laterales un rato, el trabajo y eso.

–Sí, –dice Clara– sigo en el archivo, como te habrás imaginado cuando te propuse juntarnos cerca de la Biblioteca, espero que no haya sido mucha la frescura. Como sé que te estás quedando donde tu mamá, pensé que a ti también te convenía. ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

Rojitas hace un gesto ambiguo, como apretando las facciones, y aprovecha la llegada del mozo con su schop para hacer una pequeña faramalla de entusiasmo ante la torobayo, y no contestar. El mozo, que parece conocer a Clara, la mira sonriente y le asesta canchero sin muchos rodeos un

–…usted un Fanschop ¿no?

Clara le toca el brazo sonriendo, y le dice,

–No, Raulito, hoy voy a tomar un torobayo en honor a mi amigo acá el ro … José Miguel.

Raulito lo mira amable y saluda con la cabeza; después dice;

–Al tiro le traigo el schop mi reina–, retirándose ágilmente.

Rojitas se queda pensando,  «… verdad, la Clarita siempre toca a la gente …» y se acuerda que le gustaba esa gracia, que es como de tía, de ésas que al decir algo afectuosamente se pegan a uno y tocan el brazo, o toman la mano, y acercando un montón la cara, te miran directo a los ojos al hablarte. Rojitas de improviso siente que la mesa es muy grande, que Clara está muy lejos.

–Qué ganas de fumar … –dice Clara sorpresivamente.

Rojitas la mira con una semi sonrisa, y después se pone a observar, bien de intento, alternativamente, hacia el techo, hacia la calle, hacia atrás … mirando de nuevo hacia arriba, hace como que fuera a silbar, despreocupado.

–Sigue no más, yo confío en mis tapones de cera –dice, como haciendo un chiste.

Clara se lo queda mirando unos segundos, y después ríe, de repente, con ganas, con una risa corta y cantarina.

–Sigues igual, te sigue tentando Homero –dice Clara, iluminada– … ¿era Carlanga el que hablaba de las tentaciones de Homero? ¿no? A mí también me encantan esas tentaciones. Desde el tiempo en que me decías mirándome con los ojos achinados, “la lúcida Clara”. “Ahí viene la lúcida Clara”, y yo pensaba que te estabas riendo de mí, hasta que el negro  me dijo que eso no era burla, que era un juego, que era como decir el pélida Aquiles, el albertíade José Miguel, y que evidentemente me lo decías porque mi mamá se llama Luz. Yo me reí un montón cuando lo entendí, y me dio vergüenza también, claro. “Puta que soy güe0na” dije, porque en mi casa por supuesto siempre se hacían chistes con eso cuando estábamos juntas. Mi papá –que era re’ fome para todo– se ponía anteojos negros a veces, dentro la casa, cuando yo y mi mamá estábamos en el living viendo tele, y entraba alegando que “la luz está muy clara”. Jo jo jo.

Rojitas iba a corregir que seguro no fue el negro el de la aclaración homérica sino Carlanga (que siempre estuvo más a caballo que el negro en literaturas), cuando de repente el mozo, ya al lado de la mesa, está haciendo un ademán como de cuadrarse, para llamar la atención, y una vez que la tiene, dice solemne:

–Aquí tiene mi dama, schop torobayo especial: Sin fanta.

 

Clara lo mira con cariño y de nuevo tocándole el brazo, le dice

Raulito, pero tan re milico siempre usté … – igual, muchas gracias.

–Ahí me cagó señorita –dice el mozo–, y conteniendo la risa se retira con una reverencia.

–Raulito es un plato –dice Clara–

–Parece buen hombre –dice Rojitas– … bueno,  ¡al fin, “salud”! Mira que estoy que corto las huinchas.

–Ay, pero si tú podrías ya haber empezado, tan caballero rojitas, me emociona …

–To’a la vi’a –¡Cómo voy a ser tan huaso de no esperarte!

Los dos se miran, sin dejar de mirarse, chocan suavemente los jarros, toman un buen trago  y se vuelven a mirar, saborean divertidos.

–Ahhhh … qué cosa más rica … –dice Rojitas.

Se dan un tiempo, hay un silencio nada incómodo que dura un lapso sensible. Después, un segundo salud un poco más pensativo,  y otro momento distendido, durante el cual los dos se dedican a observar las otras mesas.

Clara entonces se alisa de nuevo la falda imaginaria y dice entrecerrando los ojos:

–La Magdalena le sacó una fotocopia a tu carta y me la pasó a dejar al archivo. Eso fue bueno creo yo, porque si me hubiera tratado de contar, habríamos terminado peleando, tu sabes que no nos hemos tragado mucho nunca, aunque últimamente hemos estado más “maduras”, desde el funeral de Marquito, andamos más hermanables. No te rías.

–Sí, bueno, está bien. Yo le pedí que hiciera los contactos. Claro que con esto de la fotocopia ahora, se le pasó un poco la mano … a mí me da un poco de vergüenza, porque la carta era para ella y como está tan dramática … con ella yo … bueno, a veces con la Maga … a veces yo … abuso con ella … porque sé que me conoce, confío en que sabe ponerle smileys a lo que yo escribo, porque sin esos smileys imaginarios, a veces las cosas que digo pueden caer como plomo, en serio …  Por eso, no pienses tanto en la carta esa, así a secas …

–Ah … pero si yo también te conozco bien poh rojitas –dice Clara un poco ofendida– hasta me reí con tu citas veladas. Eso ni la Maga te la hace ¿ah? te lo digo “con serena firmeza y viril energía” –dice entre risas … Qué risa me dió eso… metiste al querido presidente en la carta …

Rojitas la mira reírse con esa risa que siempre lo fascinó, y también ríe él con esa risa casi sin ruido que guarda para la categoría “lo estamos empezando a pasar bien”.

–Sí, te pasaste de aguda, –confirma a continuación arqueando las cejas– ¿Viste que dentro de todo el drama todavía soy persona? El Carlanga en cambio se la tragó toda y ya me bautizó: el Drama King! … imagínate!

Clara se echa hacia atrás, tapándose la boca, fingiendo que se atora, y al fin canta con su risa una vez más, para terminar diciendo en semi carcajadas:

–Peso pesado el guatón, un saco de papas …

–Pero él me cuenta que ya no está gordo, que bajó 20 kilos y está como tuna, así es que, ¡cuidao! Y me confidenció que el verdadero guatón culiao es el Gonzalo, y me sugirió que mejor le dijéramos guatón al Gonza! Así es que anota, Chalo es el nuevo Carlanga. Por mí está bien, guatón, culiao, sinvergüenza, y pelado, para completarla!

Rojitas y Clara se ahogan por momentos de la risa en esa tarde santiaguina, promesa de vida a finales del verano, palo, piedra, fin, camino.

–Qué rico reírse Rojitas … ya no me acordaba casi –suspira Clara, y añade entrecerrando los ojos “‘was having fun … fun … you know … remember fun?” … ¿De qué película era eso? –pregunta. Sin esperar mucho una respuesta, piensa con una gran sonrisa pintada en la cara, que la torobayo les está entrando en provecho bien rápido, que a lo mejor convendría pedir algo de comer.

–Oye, ¿¿¡qué porcentaje tiene esta torobayo Clarita !?? –pregunta retóricamente Rojitas haciéndose el gracioso.

–Qué más alega el guatón, digo, el Carlos, ¡cuenta! –dice Clara sin hacerle caso, todavía risueña.

–Bueno, muchas cosas, nada muy concreto sobre el accidente –dice Rojitas arreglándose el pelo. »Pero me recordó cosas que yo ya tenía medio olvidadas, porque buena memoria siempre ha tenido el cabro. Yo también tengo buena memoria pero Carlanga, es cosa seria. Se estuvo acordando de la noche esa de la sesión de espiritismo, en la casa de Pichidangui, cuando al Marquito le dio ésa pálida tan fuerte, esa con taquicardias galopantes ¿te acuerdas? –Y con un cara ya más seria, añade– Eso yo ahora lo cuento como el primer episodio extraño en la historia de rarezas de Marquito. ¿Tú estabas también ahí,  te acuerdas bien de eso?

Rojitas, que para concentrarse en la tarea de empezar a ir al grano había estado mirando fijamente el color de la luz mortecina atravesando los tonos rojizos de la torobayo, levanta la mirada, y se asusta un poco, al ver la expresión de Clara, que es, de improviso, como de angustia, como de susto; retraída levemente contra el respaldo de la silla, no dice nada por unos momentos, en tensión. Al final, respira, vuelve a inclinarse hacia adelante.

–Cómo no me voy a acordar de esa noche, si casi me morí de miedo Rojitas –dice en un susurro, y añade: –Menos mal que tú y Alfonso no estaban tan mal y se encargaron de tratar de tranquilizar a Marco y vigilarlo, porque se quería arrancar.

Rojitas se da cuenta que la voz de Clara no es nada firme, hace un ademán como de inclinarse hacia adelante para calmarla, pero Clara se retira imperceptiblemente, y Rojitas se detiene en su movimiento.

–A mí me complica mucho todo eso –continúa con voz temblorosa–, porque fui yo la que empezó con esa tontera, José Miguel: Yo llevé la OUIJA a Pichidangui, de pendeja, de tonta, como quien dice, “voy a llevar el Monopoly”.

Rojitas piensa, y cree estar seguro que fue el mismo Marco el que llevó el tablero. Pero no dice nada.

Además sabe que no fue Alfonso el que ayudó en la vigilia con Marco, pero no dice nada. También sabe que Marco ya estaba iniciado con eso, porque se la pasaba en la casa de los Salas en ese tiempo, era compañero de curso del Julito Salas, y amigo de la Marcela Salas, que andaban siempre contando cosas super raras que pasaban en esa casa. Pero no dice nada.

–En ese tiempo, no era –continúa Clara– … nada era tan … no sé … no es que no lo tomáramos en serio, pero no nos afectaba tanto, era como más natural, suena raro. Yo era super amiga de los Salas, no sé si te acuerdas tú de los Salas.

–De los dos. De la Marcela, vívidamente –recalca Rojitas con ojos sonrientes– Pero sigue …

–¡Lacho!

»Bueno, yo iba siempre a la casa de la Marcela después del colegio, a almorzar, y nos quedábamos ahí a veces toda la tarde. La mamá era esta señora gordísima que tenía algo en las piernas, no creo que tú la hayas visto, porque casi no salía de la casa. Era un amor, como un monstruo casi, en la cama esparcida, con los labios pintados, debajo del cobertor se adivinaban unas piernas gigantescas. Insistía en que todos los amigos de sus hijos la pasaran a saludar. Al principio daba un poco de miedo, tenía la voz super ronca, -igual que después el Julito-, pero era super afectuosa. Yo siempre me acuerdo de la sensación de ir saludarla de beso, como gateando sobre una cama de marqués de condorito, de como de 5 plazas, hasta llegar a su mejilla inmensa, embetunada siempre de cremas. Fumaba como carretonero.

–Yo nunca la vi, pero sí contaba algo de eso también Marco … no … el Panchito Weiss, que fue pololo de la Marcela.

–Bueno, esta señora era al parecer gran médium de Santiago en ése tiempo.

Me acuerdo siempre de una vez que pasé por ahí a ver a la Marcela y los encontré, a ella y al Julio, super asustados, sentados a la entrada de la casa, porque la mamá había dicho que salieran y que nada de amigos ése día, por lo menos en una semana nada de invitados había dicho, porque la casa estaba tomada, porque había alguien que “no se quería ir”. Así es que nos tuvimos que devolver, yo y dos compañeros de Julito, el hermano menor de la Marcela.

–Sí, si conocí al Julito. Super simpático el cabrito, me caía re bien.

–Ah, verdad que dijiste que te acuerdas de los dos.

–Julito también me contó esa historia –dice Rojitas tocándose la frente, como quien recuerda algo perdido –fue una vez que me encontré con él en los flippers. Dijo que no podía entrar a la casa, porque estaba la Quintrala, y que tenía que hacer hora. Y nos quedamos toda la tarde jugando flipper y después taca-taca. Yo me tuve que ir al final, y me acuerdo que lo dejé en una cabina llamando a su casa para ver si se podía entrar.

–Ah ¡no! ¿viste? ¡Si esa fue otra! –dice Clara vivazmente –Nada que ver. La que yo digo duró varios días. La Marcela me contó después cómo lo habían pasado, que se habían re’ cagado de susto.

»La cosa es que el que no se quería ir era un andinista, uno de apellido Oyarzún, que se había perdido en el Cajón del Maipo, habían pasado dos años y nunca habían podido recuperar el cuerpo. Y por eso estaba super enojado cuando lo llamaron. Contaba la Marcela que su mamá había dicho después, cuando todo se había solucionado, medio tentada de la risa, que los había subido y bajado a chuchadas por horas, que les tiraba cosas. Andaba muerto de rabia, con la familia, con el hermano en especial –que era el cliente de la mamá–, pero sobre todo con el Cuerpo de Socorro Andino; “estos güeones no sirven pa’ ná”, dice que decía, “pasaron cinco veces arriba mío y no me vieron, cinco veces, los culiaos, flojos culiaos, yo estaba a medio metro en la nieve, ni siquiera tapado entero, yo había dejado marcas además, dos banderas y tampoco las vieron”.

–¡¡Uhhhhffff!! –exclama Rojitas–, o sea que estuvo dura la cosa … Hmmm, no, claro esa tiene que ser otra, si no el Julito no habría estado tan tranquilo ese día que yo me encontré con él. Aunque uno nunca sabe lo acostumbrados que estaban a esas cosas.

–Pero si … ¿no te estoy diciendo que en esta no tuvo nada que ver la Quintrala!? Típico hombre, le están diciendo las cosas y ahí, igual hacen los incrédulos… pero si un hombre se las cuenta se las tragan…

–Ya, perdona, sí. El mini-sherlock me traiciona, perdona, no me hagai caso.
Pero cuenta , ¿te contó la Marce cómo se arregló al final el asunto?

Rojitas por mirar hacia alguna parte, mira las manos de Clara, observando cómo esos finos dedos empalidecen y vuelven a tomar color en tanto aprieta o suelta el jarro. Está nerviosa de nuevo, y algo como nebuloso se le ha puesto frente a los ojos.

–No, no sé mucho –dice Clara un poco irritada–, la Marcela apenas me contó, sin muchos detalles. Dijo que le daba pena acordarse. Recién cuando ya había pasado un tiempo, un par de meses, me contó un poco más. Me dijo que habían llevado a una tía viejita del andinista, porque él lo había pedido, era su madrina parece. Y parece que con ella sí estuvo tranquilo y después ya no volvió. El único detalle que contó de la sesión, es que ella y Julio los sintieron llorar toda la noche, a la mamá de la Marce, al hermano y a la madrina del andinista, que los oyeron hablar entre sollozos todo el tiempo, y llorar y llorar. Y que la madrina, que ya estaba viejita, se murió como a las dos semanas.

Dijo también que habían rescatado el cuerpo, gracias a su mamá, que había salido en los diarios.

»Pero ¿sabes?, por estas cosas es que me maravilla ahora –exclama Clara medio indignada –que precisamente yo haya sido la que llevó esa OUIJA a Pichidangui. ¿Somos más malos cuando más jóvenes Rojitas? Somos malos con los muertos.

Rojitas traga saliva, toma un resto de cerveza. Pero el halo de neblina ya se ha extendido desde los ojos de Clara, por sobre los jarros, por sobre la mesa, y gira debajo de  la lámpara que cuelga del techo.

Rojitas medita sobre si decirle o no decirle que está equivocada, que no fue ella quien llevó el tablero a ese paseo. Si sólo estuviera cianuro por ciento seguro, quizás podría aliviarla con eso. Pero no lo está. Como tampoco está seguro por lo demás, todo lo contrario, en general, de que sea buena idea corregirle los recuerdos a alguien. «Es mal negocio eso» –reflexiona Rojitas. «Cada uno arma su edificio de recuerdos y lo lleva bien apretado al corazón. Poner en duda eso sirve sólo para instigar negra confusión y alimentar rencores».

»Es como cuando la Magdalena –reflexiona– se acordaba de cosas de su familia, y se peleaba a muerte con el Coke, su hermano, cuando este le probaba, encima con la cara llena de risa, que sus recuerdos “no podían ser”, porque simplemente en tal o cual momento ella ni siquiera había nacido

–Voy a pedir otra –dice Rojitas después de unos instantes –. Estaba buena pero hay que tomársela rapidito, si se espera mucho ya no es lo mismo; “Agarra un sabor como a meado de burros”– dice como recitando algo. Espera alguna reacción al chiste –en vano– y después añade:

–Voy  a pedir dos, Clarita.

Clara se sacude casi imperceptiblemente y dice como espabilándose:

–Ya, yo también quiero otra, de las mismas.

Rojitas por un momento no se atreve a mirar a Clara, prefiere buscar alrededor, buscar a Raulito, que no aparece.

Sigue pensando en los recuerdos deformados, y se los figura, unos, destartalados de tanto manoseo, otros, jibarizados, de haber sido hervidos tantas veces, otros dilatados de tanta intemperie, hinchados, o resecos de tanto sol, otros, mohosos y verdes de humedad, o polvorientos, de no haber sido sacados nunca de un ático de película B.

–Yo fui la última que lo vio vivo –dice Clara sin esperar la cerveza.


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