Un cheque a fecha

Este texto forma parte del material que vio la luz pública durante la recordada serie de hallazgos de pelotas (HDP) en Santiago a principios de los años 80.
Entre marzo de 1981 y diciembre de 1983, documentos manuscritos de diversos autores desaparecidos fueron siendo encontrados escondidos dentro de pelotas de plástico, las que eran abandonadas por desconocidos, en canchas de tierra en diferentes puntos periféricos del Gran Santiago.


hdp
HDP
El hallazgo de “Un cheque a fecha” se registró en la población Las Rejas, en noviembre de 1982. El texto se hallaba dentro de una pelota de color naranja, protegido con un relleno de hojas de revista y otras hojas de cuaderno con dibujos a bolígrafo, propios del mundo adolescente, pero con la presencia de una simbología abstracta donde se mezclan elementos de las más diversas culturas, desde Chavín de Huantar hasta caractéres rúnicos, pasando por pictogramas basados en parte en los que se conocen en Egipto.

Los manuscritos se hallan en bastante mal estado, muy manchados, la reconstrucción ha sido el resultado del meritorio esfuerzo de especialistas restauradores. La sustancia identificada en mayoría de las manchas sería vino tinto, cabernet. Exámenes de la composición química indican podría haberse tratado de un producto de la Viña Concha y Toro.

Un cheque a fecha

I

Quizá fuera que entonces una especie de reacción
fundamentalista
ante las dudas comunes de una joven existencia
me hubiera estado conduciendo a adoptar una actitud
caracterizada
por una especie de remordimiento de estar,
dicho “grosso modo”,
sólo dejándome llevar por la mera tentación de vivir,
un impulso tan magro, del cual ni las plantas carecen.

La cosa es
que yo andaba con este remordimiento
como quien anda siempre
mostrando la hilacha
de un chaleco rojo
mojada,
sangre colgando ineficaz para despertarme realmente:
Todos los santos días
sumergido en la locomoción colectiva
dormitando las jornadas agotadoras
desde una punta a otra de la gran capital
como quien porta consigo una bomba
ya habiéndose no obstante
liberado de la ansiedad de saber
cuándo
exactamente
se va a producir el estallido.

Sentía el pelo
pajoso
en las puntas
pero en el casco
grasoso,
y mi cuerpo acusaba falta de baño
ya pocas horas después de la ducha
en una forma tan elocuente
que yo sabía, no podía ser otra cosa, más que
– en la nomenclatura de un amigo del colegio –
una rara somatización de angustias.

pelo

Tenía momentos de lucidez parcial
en el curso de los cuales hacía exámenes
-que me parecían exhaustivos-
de las condiciones generales de mi existencia,
sin lograr nunca sin embargo
encontrar la correspondencia
exacta
entre la languidez de mi ánimo y algún hecho palpable.


II

Esta debilidad mental
me llevaba a asumir conductas bien contradictorias:
Sin saber cómo ni cuándo
me hacía partícipe en acciones de claro riesgo:
y terminaba viéndome perseguido
unas veces
por viejos malos particulares
otras veces
por el colectivo de sectas más que misteriosas.

Tanto balas como balines
pasaron silbando su canción de muerte
muy pegadas a mi oreja;
y casi todos los días alguien,
o algo,
se ofrecía a pegarme.

En mi mente se formó el convencimiento de la existencia
-y comencé a temer los síntomas-
de extrañas enfermedades conceptuales:
El mal de las flores blancas mentales que aquejaría a algunas minas,
el síndrome del chancro duro del alma, probable en tanto joven chileno.

Por andar sin un veinte,
investigando en estos campos peligrosos
una vieja bruja gitana me gritó en plena Alameda
la condena
de quedar para siempre “tullido” del que te dije.

De ahí supe lo que es girar sin fondos,
figurativamente, si bien es cierto,
pero si hablamos de cosas concretas
llegué a extremos de abandono y de desidia,
por ejemplo, a adelantarle una plata
a una galla medio mafiosa
que prometía meterme en un barquichuela
y en quince días estar gimiendo juntos en Chile Chico (!).

“Menos mal”
-rayé después durante un tiempo con tiza en todas partes –
que la oportuna intervención de un eterno ex-amigo,
de nombre Gualter Guillermo,
me salvó del desastre
que la chalupa sufrió
sobre el océano nueve días mas tarde
cuando se precipitó sobre ella, una aeronave en llamas.

Todo este inseguro trapecismo era sin embargo
algo terriblemente impredecible:
A veces hacía planes francamente heroicos,
decidía abruptamente por ej. una mañana
mandarme cambiar con lo puesto,
y después de almuerzo todo era revisado y recompuesto
ante el temor de adelgazar demasiado,
o de arruinar para siempre alguna prenda de vestir.

En el terreno político
yo anhelaba profundos cambios:
y acorde con mi conducta disonante
mezcla cruel de indecisión y desatino,
durante la plena vigencia
de la restricción del tránsito peatonal y vehicular
decretada por la Jefatura de Zona en Estado de Emergencia,
me encontraba vagando tarde en la noche
por allá por Dorsal
– donde a juicio de muchos buenos santiaguinos
siempre picó, picaba entonces, y pica hasta el día de hoy, “la jaiba” -,
tratando de volver a la casa
saltando de esquina en esquina como un conspirador
siendo que venía de ver en casa ajena
una película de vampiros en el canal 7.


III

Un buen día sacando apenas fuerzas del manojo de neuronas
-entes poderosos, aún cuando de aspecto raquítico-
en el convencimiento de estar sufriendo un trastorno,
desconocido o no descrito,
comencé a ejercitarme para tratar
por distintos medios
de dejar la mente en blanco.

Bajo adecuada supervisión
me sometí a la inoculación
de poderoso psicofármacos
con el objeto deliberado de debatir con el inconsciente
la médula de un agobio que carecía de sentido práctico
y que podría resultar
llevando a mal término
a un talento no mezquino.

Después de meses de esta paciente terapia
a medias amenizada con ejercicios de yoga,
uno que otro paso de danza tai,
masajes al aceite y charlas lactoovovegetarianas,
paulatinamente llegué a tener la sensación de poder
“arreglármelas conmigo mismo”.


IV

Al final del proceso,
la estación de sintonía favorita
parecía ser en realidad una radio que tocaba
en rotativo
una especie de jazz de los años 50,
un canal que mostraba en living-comedores
ligeramente polvorientas
las artesanías de los distintos países.

Una vez más tranquilo empecé a referirme
a mi recién pasado período como
“superficie de infelicidad presunta”.
Y con arreglo con lo anterior empecé a conformarme
con ver el sol de la tarde
caer sobre muebles barnizados,
adquirí la costumbre del té tranquilo
que en esta provincia llaman once
empecé a querer no más guerras,
viendo sin volumen programas de animales en la televisión,
sintiéndome de una vez agradecido de la benignidad
de muchas personas
que habían sido víctimas de mi mal vivir.

Pero … ¡Alto!

el concurso del diablo
el concurso del diablo

Como no estaba todavía tan tonto,
no fue así no más que me quedé tan tranquilo:
No queriendo pecar de ingenuo,
y conservando todas las numerosas dudas
– que son las que han permitido el progreso humano -,
estando bueno y sano,
decidí un día caluroso en la micro “Expreso Colón Oriente”,
pedir el concurso del diablo.

El gil,
llegó tardón, tipo dos-dos-y-media de la mañana;
igual nos tomamos juntos, casi 3/4 garrafa de vino
y dos-tres piscolas.

Entre talla y talla me dijo
que yo era un hombre joven
y que por mis capacidades
y por el tren de mis estudios superiores
estaba siendo considerado por las mujeres
“un cheque a fecha”.


  • “Un cheque a fecha” (Manuscrito encontrado en una pelota de plástico, población Las Rejas, Lo Prado, Santiago de Chile, 04 de noviembre de 1982)
  • 2010- © 2018 | ricardo castillo sandoval | This work is licensed under a Creative Commons License.

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